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La razón por la que estamos felices del regreso de Perú al Mundial

Es momento de que se note el carrito sanguchero que, como colombianos, llevamos en el corazón
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Álvaro Castellanos

A mediados de los años noventa, muchos niños y adolescentes nos acercamos entrañablemente a la cultura popular peruana, y todo gracias a un fenómeno definitivo: la llegada a nuestras vidas de la llamada “Perubólica”.

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste

Con los brazos extendidos y expulsando el alma por la boca, Jefferson Farfán sale corriendo como raponero en el Centro de Bogotá, luego de romperle el arco al neozelandés Marinovic. Perú se pone 1-0 en Lima y comienza a asegurar el último cupo disponible a Rusia 2018. Ningún futbolista de esta selección había nacido cuando Perú jugó su último Mundial, hace 35 años, y con ese detalle basta para explicar tanta euforia junta. En simultáneo, los colombianos celebramos con locura lo que está por venir y, luego del 2-0 de Christian Ramos en el segundo tiempo, rompemos en sobreactuación por redes sociales con una descarga incalculable de memes y chistes pendejos. A punto de que el árbitro pite el final del juego y Perú selle su regreso mundialista, ya se nota, y mucho, que los colombianos llevamos un carrito sanguchero en el corazón.

 

En “Laura en América”, versión peruanizada del Show de Jerry Springer, regalar “carritos sangucheros” era el recurso más efectivo para ayudarle a la gente que iba al programa a contar sus libreteadas desgracias. La otra opción era organizarles “polladas”: algo así como recolectar plata a partir de la venta de pollos y otras comidas. A mediados de los años noventa, conocer tales particularidades a este nivel de detalle logró que muchos niños y adolescentes de la época nos acercáramos entrañablemente a la cultura popular peruana, y todo gracias a un fenómeno definitivo: la llegada a nuestras vidas de la llamada “Perubólica”.

 

¿Por qué nos alegra tanto el regreso de Perú a un Mundial? Todos los caminos apuntan a la “Perubólica”. Nostálgica, mediocre, inolvidable. Esta antena parabólica de bajo presupuesto nos hizo atestiguar el lado más popular, por no decir chirrete, de los peruanos, a la vez que comprobábamos lo diferentes que éramos de ellos. Nosotros siempre hemos tratado de desmarcarnos de nuestro origen indígena y le rendimos pleitesía a cualquier porquería gringa. Pero ellos, de más pertenencia con su pasado, nunca han querido esconder de dónde vienen.

A falta de Internet o Netflix, la Perubólica nos conectaba cariñosamente con los peruanos mientras funcionaba a manera de máquina del tiempo, pues nos revelaba temporadas futuras de Dragon Ball-Z y Caballeros del Zodiaco. Cómo no querer a este sistema perrata de cable, si gracias a él tuvimos la primicia de que, por ejemplo, Saori no era sólo una joven más con plata en la alta sociedad griega, sino la mismísima reencarnación de la diosa Atenea.

Con el aire de superioridad que da el privilegio, algunos pelados adinerados de la cuadra y el colegio presumían con “Headbangers Ball”, “Beavis & Butthead”, “Friends” y todas las películas subtituladas que veían gracias a su acceso a los sistemas de cable costosos. La mayoría sólo tuvimos MTV, Cinemax o HBO años después, pero mucha falta no nos hacía, porque ya nos habíamos enganchado con la procacidad de “Risas y Salsa”, “Pataclaún”, “Los Choches”, “El Ampay de la semana” y “La cocina de don Pedrito”: un programa con un viejo todo sabroso que, en medio de tremenda gritería, preparaba platos típicos en un set que hacía ver a nuestra televisión como el mismísimo Hollywood.

 

El contraste televisivo entre el cable pudiente y la Perubólica también tenía connotaciones futboleras. El formato sobrio y primermundista del canal italiano RAI le mostraba a unos pocos los goles de Batistuta con la Fiorentina en un programa llamado “La Giostra dei Gol”, pero muy lejos del glamour del calcio, “Goles en Acción” exhibía lo más destacado de la fecha peruana. Estadios destartalados, futbolistas viejos, gordos, malos, tierreros en lugar de canchas y partidos con muchos goles, que, poco a poco, iban trazando una unión indivisible con nuestros afectos en una época sin Smartphones, YouTube, ni 500 canales en HD a nuestra disposición.

La precariedad cautivadora de la Perubólica, que también emitía series argentinas y joyas como lucha libre de enanos bolivianos, se acompañaría años después de otro lazo que nos seguía atando a la cultura popular peruana: un videojuego de Super Nintendo llamado “Fútbol Excitante”, que no era otra cosa que la versión “bamba” (la Perubólica nos enseñó que así se dice “chiviado” en peruano) de “International Superstar Soccer”: el juego que estaba de moda en la segunda mitad de los noventa. Una chambona intervención ingenieril hacía posible que la selección más poderosa fuera, cómo no, la de Perú, con los muñecos de Paolo Maldini y Roberto Baggio suplantados por dos ídolos incas: Chemo del Solar y Ronald Baroni, respectivamente. Ambos tenían la habilidad de los cracks italianos y, por eso, ganarles era prácticamente imposible.

 

La selección peruana de “Fútbol Excitante” no tenía rival. Si jugaran en la vida real, poco podrían hacer el Real Madrid de Butragueño o la Alemania de Beckenbahuer frente al poderío incaico. Todo muy diferente a la realidad, porque en los años noventa el fútbol peruano entró en un declive más espantoso que las muelas torcidas de “La chola chabuca” (otro cañonazo de la Perubólica). Si en Colombia nos pareció durísimo estar fuera del Mundial por 16 años, ni imaginar lo jodido que ha sido para Perú ausentarse durante 36. “Fútbol Excitante” incluso tenía injertos de narración peruana, como el gritico chillón de “HORRIBLE, OYE”, que en Colombia nos retumbó más que la silla rímax vacía al lado de Andrés Pastrana: imagen que, en 1999, simbolizaba un nuevo fracaso en el proceso de paz entre el Gobierno y las FARC.

Con la llegada del nuevo milenio, la televisión por cable internacional se hizo accesible para la clase media y la Perubólica empezó a cubrirse de telarañas. Futbolísticamente hablando, los canales deportivos argentinizaron a las audiencias jóvenes y, de un momento a otro, “Goles en acción”, “Nubeluz”, y “Trampolín a la fama” pasaron a ser cosa del pasado. Al aburguesar nuestro consumo televisivo, los programas peruanos se veían todavía más “bamba” de lo que eran.

Nuevas eliminatorias al Mundial llegaron, y Perú lucía muy cómodo en el fracaso. A su vez, la evolución de Ecuador y Paraguay dejaban a los embajadores del carrito sanguchero en el sótano del fútbol suramericano y, junto a Bolivia y Venezuela, parecían resignados a seguir cada Mundial por televisión, mientras varios ídolos de la época como Nolberto “Ñol” Solano o Roberto “Chorrillano” Palacios se hacían a la idea de que se retirarían sin aparecer en un Panini mundialista. En ese punto, dos nuevos rasgos volverían a solidarizarnos a los colombianos con los incaicos: la indisciplina y la flojera. Aunque no volvían a un Mundial, a los peruanos les sobraba clase para patear un balón, pero, igual que los colombianos, jugaban como nunca para perder como siempre. Flavio Maestri, Luis Reynoso, Jorge “El Camello” Soto, Juan Jayo, Waldir Sáenz. Perú tenía tremendos jugadorazos, pero también contaban con una frialdad torácica, un poder brutal para emborracharse todos los días y un valeverguismo que iba en contra de cualquier aspiración al éxito.

Sin embargo, el tiempo suele poner las cosas en su lugar y para finales 2017 Perú aseguró finalmente su vuelta a un Mundial. Celebrando los goles como tiene que ser, apretando los puñitos y gritándole al cielo (como Marco Tardelli en 1982), Jéfferson Farfán le dedicó el gol de la clasificación a su amigo Paolo Guerrero, ídolo máximo peruano, con quien compartió desde niño, cuando comenzaban a patear balones en Alianza Lima. Guerrero, con tatuajes hasta en las orejas y el motilado de moda de los futbolistas de este tiempo, no estuvo en el repechaje contra Nueva Zelanda porque al parecer se pasó de calidad con el jarabe para la tos, pero es sin duda el mejor futbolista peruano de las últimas décadas. Si el gran Paolo fuera argentino o brasileño, seguro habría roto redes con el Barcelona o el Real Madrid, pero su pasaporte poco mediático apenas lo logró posicionar como ídolo en el fútbol brasileño (que no es poco), si bien tuvo un paso aceptable por la Bundesliga alemana.

 

La noche del 13 de noviembre de 2017 los colombianos nos volvíamos locos con la clasificación peruana y lo dejábamos ver por redes sociales. Para ese momento, la lindísima actriz peruana Stephanie Cayo ya se había percatado, desde el juego de ida, que en el país de meter talegos dentro de otros talegos apoyábamos con locura la clasificación peruana, que llega a Rusia en “remplazo” de su archienemigo Chile, con quienes no sólo se disputan territorio limítrofe, sino también los derechos de autor del pisco: ese aguardiente buenísimo a base uvas que lo emborracha a uno rapidísimo. El pisco, así como el ceviche, las llamas, los paseos mochileros a Machu Picchu y la leyenda urbana de que los peruanos tragan palomas, nos hicieron acercarnos a Perú, aunque nada de lo anterior lo logró tanto como la Perubólica.

 

La Federación chilena, molestísima con Colombia, apeló frente a la FIFA el partido de la última fecha de eliminatoria en el que se vio a Falcao cuchicheando con los peruanos en los últimos minutos para hacer un pacto de no agresión. Pero al final, la pataleta chilena no pasaría de ahí, de un reclamo trivial que, en el fondo, debe tener indignado hasta al mismísimo Condorito. Al final, Colombia consumaría la clasificación a su sexto Mundial y Perú agarró el último cupo disponible.

Con un promedio de edad de 25 años, los héroes peruanos que lograron el tiquete al Mundial apenas tendrán recuerdos borrosos de “Gisela en América”, “Gorrión”, “Torbellino”, “Karina y Timoteo” y los demás éxitos televisivos que, envueltos nuestra querida Perubólica, hacen que los colombianos hayamos celebrado su clasificación a Rusia como si fuera la nuestra. ¡Vamos, Perú (y ojalá no elimines a Colombia en octavos de final)!

https://twitter.com/MinCulturaPe/status/931015137443663872

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