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Las mujeres que, con kick boxing, le dan en la jeta al patriarcado

La liga de las mujeres fundó una peculiar escuela para las que se mamaron de tanto acoso y violencia.
Cortesía: Escuela Kick Boxing
Cortesía: Escuela Kick Boxing
Por
Carmenza Zá

En pleno Parque Nacional, escenario de uno de los feminicidios más crueles que ha visto Colombia, el de Rosa Elvira Cely, el colectivo La Liga de las mujeres ha fundado una escuela de kick boxing para defenderse del acoso y la violencia.

Por: Za Carmenza // @ZaCarmenza       

Pocos nombres están tan grabados en la memoria de las colombianas como el de Rosa Elvira Cely. Luego de que, en la madrugada del 24 de mayo de 2012, la noticia de su asesinato se ubicara en el centro de la prensa nacional, la imagen de la bogotana que fue violada y empalada en el Parque Nacional se instaló en el lugar de los recuerdos que habitan el dolor y el miedo. ¡Un feminicidio en pleno centro de Bogotá, en un lugar icónico por el que transitan a diario miles de oficinistas, estudiantes y deportistas!

Cuatro años más tarde, un concepto jurídico de la Secretaría de Gobierno aseguró que Rosa Elvira tenía la culpa exclusiva de su propia muerte pues, pese a “tener conocimiento de la clase de persona” que era Javier Velasco (su asesino, sí, del que no recordamos tan fácilmente el nombre), Rosa accedió a departir un rato con él y a transitar por el Parque Nacional, sitio que, según el concepto “todos sabemos es desolado e intransitado en las noches”.

“Si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en las horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte” Secretaría de Gobierno de Bogotá.

El concepto, que posteriormente se atribuiría a un error humano, terminó evidenciando una institucionalidad huérfana de perspectiva de género y una justicia presa de la revictimización como norma.

Como si el riesgo de no llegar a casa al final del día estuviese instalado entre la piel y la carne de las mujeres, la historia de Rosa Elvira Cely se fundió, de la cabeza a los pies, con la cotidianidad de cada mujer que supo de ella. Unas cuantas (no pocas) se movilizaron en marchas y plantones, algunas más condenaron a gritos la inminencia de la muerte a causa de su sexo y otras decidieron que, en nombre de Rosa Elvira, la "mala educación del miedo" ya no sería parte de sus vidas.

NI UNA ROSA MÁS

Hace aproximadamente dos años, las integrantes del proceso de La Liga de las mujeres, habitantes de Bogotá, se hicieron la pregunta del qué hacer. Conscientes de que el asesinato de Rosa  Elvira no era un caso aislado y que tampoco se trataba de un "monstruosidad" sino que, por el contrario, era apenas el predecible destino de las violencias que a diario sufría cada una de ellas, concluyeron que lo más urgente era salvaguardar sus vidas: defenderse. Nadie, salvo ellas mismas, mostraba interés por protegerlas.

Pero defenderse, en el contexto latinoamericano, implica enfrentar la violencia contra las mujeres como parte de un entramado de prácticas racistas, lesbofóbicas y de pobreza extrema. En el caso colombiano, además, las variables del desplazamiento forzado y el paramilitarismo en zonas rurales hicieron del nacer mujer, un primer obstáculo vital.  Para las integrantes de La Liga, salvar sus vidas se trataba de un ejercicio de alto riesgo.

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El kick boxing fue la herramienta elegida porque les permitía aprender específicamente el uso de puños y patadas, acabando con la idea de que las mujeres poseen menos fuerza o capacidades que los hombres y reduciendo la brecha de reacción en una situación violenta.

En lo que han llamado la construcción propia de una teoría de autodefensa feminista, las integrantes de la Liga convocaron a mujeres de todas las edades, contexturas físicas, orígenes y sexualidades, a participar de los entrenamientos. Debido a ello, meses más tarde, la práctica de kick boxing consolidó una dinámica propia y se convirtió en una Escuela independiente.

La adopción del nombre de Rosa Elvira Cely y la elección del Parque Nacional como sitio de entrenamiento, permitió que la Escuela se reapropiara de un lugar que ha sido escenario de acoso y abuso  permanente para las mujeres.  La adversidad climática y la falta de iluminación, así como la ausencia de un espacio para guardar los elementos de la Escuela, se convirtieron en el mayor obstáculo para la continuidad y constancia de las prácticas.

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(Probablemente, los espacios “desolados e intransitados” dejarían de serlo si existiese alguna voluntad política en hacerlos menos hostiles para el sexo femenino)

SI MAHOMA NO VA A LA ESCUELA...

Ante las dificultades logísticas que supone entrenar en el Parque Nacional y reconociendo que la violencia patriarcal -esa que cobra varias vidas cada día- no golpea ninguna puerta pues ya es parasitaria en la sociedad, las integrantes de la Escuela de Kick Boxing decidieron visitar a las mujeres que quisieran aprender la técnica. Con talleres de defensa personal y formación en género, han acompañado a mujeres de las universidades Externado y Los Andes, así como a la comunidad de la localidad de Usme (en la celebración del día de la niña usmeña) y a las mujeres y niñas del barrio San Martín de la localidad de Chapinero.

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Como parte de su accionar, además, siempre participan en las movilizaciones del día internacional de la mujer trabajadora (8 de marzo) y del día de la No violencia contra la mujer (25 de noviembre).

Según la Escuela de Kick Boxig Rosa Elvira Cely, su apuesta es por la autodefensa frente a  todos los tipos de violencia: estructural, simbólica y directa. Consideran que es necesario tener confianza, aprender a no guardar silencio y a levantar la voz  ante cualquier gesto, mirada, broma, mueca o tocamiento que pueda generar incomodidad o miedo. “Sabemos qué hacer porque conocemos nuestros cuerpos y sabemos hasta dónde somos capaces”.

Para las mujeres participantes, el entrenamiento de Kick Boxing ha significado un cambio físico y actitudinal que les permite reaccionar con seguridad y premura ante cualquier acción violenta.

“Uno de los momentos de más frustración e impotencia fue en un bus de transporte público tradicional, donde un hombre de edad que estaba de pie junto a mí, empezó a hablarme muy cerca del oído comentando lo ‘rica y tierna’ que estaba. Miré con disgusto y asco a este sujeto, intentaba expresarlo de manera verbal pero sentía un gran esfuerzo para hablar y, a pesar de  que intentaba gritar, solo logré emitir un tartamudeo suave. Mis piernas y brazos se paralizaron.  Finalmente, el hombre se bajó del servicio público y mi cuerpo logró relajarse”.

Ángela Rosas habla de esta experiencia y señala que su ingreso a la Escuela le hizo comprender que “la técnica, junto con el entrenamiento físico, son factores que influyen drásticamente en la fortaleza mental” por lo que, cuando un hombre nuevamente quiso tocarla sin su consentimiento, pudo actuar de manera radicalmente diferente.

“En otra ocasión en la que un hombre, nuevamente en el transporte público, ubicado detrás de mí, buscaba con su rodilla y mano tocar mi cola (...) por primera vez reaccioné, mis brazos alejaron al sujeto y mi voz lo expuso ante todos los pasajeros quienes manifestaron solidaridad.”

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Las mujeres de la Escuela consideran que conocer sus capacidades les permite hacer uso de ellas y que, de manera contraria a lo manifestado por la Secretaría de Gobierno de Bogotá, hoy no estaríamos lamentando la muerte de Rosa Elvira Cely si alguien le hubiese enseñado a defenderse… o si los feminicidas no andaran sueltos por ahí, con total complicidad de la justicia, obligando a las mujeres a defender su vida con uñas, dientes o unos guantes de box.

 

 

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