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Lo que el fútbol y la Selección Colombia dicen de nuestro país

Explicación para futboleros y no futboleros de cómo toda la sociedad se puede entender a través de un deporte.
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Por
Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

“Colombia es un partido de fútbol”, dijo un niño de 8 años ante una cámara, con voz aguda y despreocupada. Nada lejos está esta apreciación frente a un condensador de valores, sentimientos, momentos históricos y anhelos como lo es el fútbol. A través de un equipo, un partido y un espectáculo en su totalidad, el fútbol tiene la gran capacidad de convocar los miedos, la indolencia, las luces y oscuridades de una nación. Es un juego que parece simple pero que refleja aspectos relevantes de nuestra sociedad.

Por: Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

Cuando llamamos a alguien “capo” con un significante de valor evidenciamos la influencia del narcotráfico. Cuando aplaudimos la maña, la trampa y la adornamos de picardía, reflejamos nuestros valores en un campo de juego. En el momento que vemos un cambio de expectativa reflejados en un técnico y su equipo, nos percatamos que el mundo ha cambiado y que Colombia no se ha quedado atrás. Hoy en día le damos la vuelta a un resultado jugando como visitantes contra un equipo europeo y no nos queda faltando el centavito pa’l peso, mientras que el mundo nos reconoce por un acuerdo de paz sin precedentes.

El fútbol, como las sociedades, cada vez se especializa más. El juego refleja valores sociales: la vida en un campo delimitado, regido por un gran juez, con personas que cumplen funciones determinadas a las que se les exige crecientemente. Hay una constante reelaboración de valores del capitalismo como la competitividad, las reglas y su respectiva trampa y picardía; se condensan los valores de una sociedad, desde la trampa, los actos heroicos, las muestras más sublimes de lealtad y compañerismo hasta los actos de barbarie más impensados. La injusticia, la distribución desigual de la riqueza, la fantasía y la imaginación sin igual también están al orden del día en el terreno de juego. El fútbol es la proyección de un país sobre un equipo permeado por los valores del narcotráfico, las mafias italianas, el “jogo bonito” o la garra charrúa. El fútbol es el juego de las contradicciones de la vida; de los anhelos y las frustraciones, del deseo y la posibilidad de ser James Rodríguez, aunque tan solo el 0.1 % de los interesados algún día debuten en primera.

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Desde el potrero de barrio hasta el estadio Old Trafford podemos ser partícipes de la picardía y la magia, del desborde de emociones contenido por exceso de civilización; de lo más humano posible desbocado en llanto de tristeza y de putazos sin control. Recreamos y legitimamos las abismales diferencias en las distribuciones de la riqueza y observamos la absurda y vil cuestión que a algunos jugadores con cifras astronómicas en sus cuentas les duela el culo por donar el 1% de su fortuna, y más bien cometen delitos fiscales y salen triunfantes. Lo racional, lo emotivo y lo instintivo está puesto al servicio del espectáculo. Se vive como se juega, y cada elemento en el fútbol tiene su significado de acuerdo al momento histórico de un país, permeado por condiciones sociales como la violencia (desenfundada por un autogol) o el racismo (y los hinchas que le botan a los futbolistas negros bananas para gritarles que son micos).

Las condiciones sociales no son ajenas al cambio en los valores y en los abismales cambios que pasaron desde los impactos del narcotráfico en el Tino Asprilla, Albeiro Usuriaga o Freddy Rincón, a la gallardía y pulcritud de Falcao; y en la raya técnica de desbocados parlanchines y advenedizos como Jorge Luis Pinto a la prestancia, competencia y gentileza de José Pékerman.  Hemos visto la transformación de entrenadores dicharacheros, gritones, borrachos, ladrones y violentos, a sujetos sopesados, elegantes, estudiosos y centrados. Hemos soportado lo más arbitrario de los árbitros y el amor por la contingencia en el juego, para llegar a un deseo desmedido de justicia y perfección con el VAR.  De balones duros como piedra sin color y rígidos en el juego como el Etrusco Libero del 90, nos pasamos a esféricas coloridas espontáneas y seductoras.  

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En ese panorama la evolución del entrenador es un elemento notable dentro del desarrollo de un equipo y podría ser comparado con quien maneja los hilos de un país. El entrenador es el gran patriarca, y en él se condensan los deseos del modelo de padre que se quiere para una nación. Jose Néstor Pékerman representa la ilusión de los colombianos por el cambio, por un ingente esfuerzo por salir de esos papás de antaño que dejaron más frustraciones que alegrías, más ilusiones que certezas. Atrás quedaron esos Maturanas timoratos, conformes con que perder es ganar un poco y con el toque-toque-y-de-aquello-nada, medrosos frente a una parranda de borrachos y vagos con ínfulas de campeones mundiales, que se volaban en plena concentración y llenos de una vanidad de tal magnitud que no sabían quién era el rumano Gheorghe Hagi cuando lo enfrentaron en el primer partido de USA 94 y terminó haciéndoles la fiesta.

Su liderazgo ha sido determinante para un equipo que ha pasado de Higuita –un loco que dejaba la portería sola para ir a hacer lo que no debía y dejaba todo al descubierto hasta en las concentraciones; que nos dejó por fuera del escenario por dos errores estúpidos contra Camerún y que estuvo vinculado con extraños encuentros con narcos– a un Ospina más cercano al prototipo del niño bueno, equiparable al médico que siguió los pasos de su padre y de sus tíos, que se sentaba de primero en el salón y pedía respeto hacia el profesor cuando se burlaban de él. Un sujeto que ha tomado a cabalidad la función del arquero como aguafiestas, y no hundido en ellas.

Dentro de un equipo el 10, ese hijo pródigo que hace poesía con las patas, ya no es el mismo payaso de antes. Esa figura mítica con un pincel en sus pies ha cambiado. Ya no es ese viejo parco medio vago parado por ahí en la cancha sin espíritu y con una peluca en la cabeza, carente de emociones para el que todo bien es todo bien. Ahora es un personaje emocional, con sacrificio, que sube y baja en la cancha y que ha logrado tal nivel de gloria que cambio la imagen de perezosos que dejo el Tren Valencia en el Bayern Múnich.  

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Sin embargo, hay elementos que no cambian. Aunque la magia no nos abandona, las manzanas podridas tampoco. Cardona, el “gordo” Valenciano de esta época, tiene ese rol y arrastra a su paso a otros jugadores. Con Barrios y Fabra hacen un festín en el gramado. Son esos personajes y estilos que nunca cambiarán en la nación, ni en un equipo de fútbol, ni en un salón de clases. Como Luis Quiñónez o Johan Arango, son personas llenas de talento pero con problemas eternos de indisciplina, drogas, alcohol, glotonería, mujeres o violencia de todos los estilos: tiros al aire, contra las mujeres, contra los niños recogepelotas, etcétera.  

El gol es el signo de triunfo para el grito, para la descarga orgásmica. Con el paso de los años y los embates históricos cada vez es más escaso.  Despierta una pasión como una estrella de rock o un gurú religioso. Es el líder que seduce a la barra, como los amantes dominan sus emociones entre sí. De allí el estallido pasional como signo de la entrega amorosa y muerte misma, aunque quien está por fuera de la masa enjuicia estas bajas pasiones. El gol es el orgasmo del fútbol y como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.  

En el fútbol, como todo en la sociedad, se regula la manera en la que nos conducimos. Sin embargo, las reglas contienen en sí mismas su transgresión pues basta con decir qué no está permitido para que emerja la fuente de la afamada picardía, abundante en el jugador latino que se inventa faltas para favorecerse de quienes observan la actuación de un Teófilo Gutiérrez amante del histrionismo y de las mujeres ajenas.

El fútbol expresa jugando los dilemas de lo humano y la propia cultura, de ahí la posibilidad de pensar en la garra charrúa, el jogo bonito o la disciplina alemana como características de nación reflejadas en un equipo. Aunque se trate de menospreciar su capacidad poética, al no soportar la idea de un arte masivo sin galería, coleccionista ni intelectual, el fútbol es fuente de creación y de monumentos como el gol, y encarna en sí mismo símbolos construidos por años que solo se entienden cuando se ama el fútbol.

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Posted by Shock.co on Friday, May 11, 2018