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El boom de la guaracha, o la reivindicación del “mal gusto”

La guaracha nos recordó que seguimos validando la creación de brechas sociales en lugar de reparar las ya existentes.
Shock - Me Provocas - Fumaratto
Shock - Me Provocas - Fumaratto
Por
Johana Arroyave

“Óyeme bebé, yo te tengo que decir, es que hay algo en tu piel que me provoca”. Así suena y repite la letra de Me provocas, la última canción de Fumaratto, que ha provocado más de 100 millones de reproducciones en plataformas de streaming y, junto a Baila conmigo de DJ Dayvi, se han convertido en los nuevos himnos de fiestas caseras, discotecas y emisoras. Ambas son las embajadoras de la guaracha, un género que baila entre amor y odio, entre repulsión y placer culposo, entre vergüenza y bailar a escondidas, entre burlas y éxitos. Un esquema musical subvalorado, pero no directamente por su contenido sino por su estética. Un chiste que se tomaron muy en serio y que se convirtió en el género de exportación nacional del 2019.  

Por: Johana Arroyave / @JohanaArroyave

A finales 2016 el famoso prostíbulo El Castillo se vanagloriaba por tener una de las mejores fiestas electrónicas de la ciudad. Cada noche de domingo los DJ colombianos de tribal house Daniel Parranda, NewFest, Alex Hard e Isaías Palacios encabezaban los carteles de unas fiestas que empezaron a gestar, lento pero seguro, uno de los movimientos más polémicos de la electrónica, y que este 2019 estalló del todo, primero como un chiste o un meme, y luego como un fenómeno comercial global con su semilla en Colombia: la guaracha. 

La viralidad digital ha sido un bastión clave de este boom. Fue difícil no haber recibido u oído a inicios del 2017 la enigmática nota de voz sensual de una anónima paisa que decía “amor, yo quiero una fiestica pues así... ¡qué rico! Esos videos que suben, mera fiesta, full farra. Take tarake take. ¡Guaro, perico, popper, tusi, sexo!”. Lo viral se volvió noticia, la noticia se volvió chiste, el chiste se volvió dicho, y la nota de voz se convirtió en un pegajoso himno cuando algún anónimo la superpuso a un sample de tribal house, o lo que hoy en día conocemos como guaracha, acompañado de un video pirata con imágenes aficionadas de una fiesta llena de viejas con cuerpos voluptuosos.

En paralelo al Take Tarake Take, en ese mismo 2017, la guaracha vio uno de sus picos más altos gracias a que Sax to me, del DJ paisa Fumaratto –uno de los reyes del género, de los primeros en ser programados en La Mega de Medellín, y encargado de abrir en Colombia los toques del español Dani Masi, precursor del tribal en Europa–, retumbó en reconocidas discotecas de Medellín como Dublin, PVC o Icono Club.

Así como le pasó al vallenato, a la champeta, al reggaetón, o a la curiosamente etiquetada música “popular”, lo de la guaracha ha sido un proceso de ascenso, aceptación e inclusión social. Inicialmente este subgénero de la electrónica fue asociado a fiestas de prostíbulo, prepagos y narcos, desdeñada por otros DJ de electrónica por ser “mal hecha” y de “mal gusto”, y este año se coló en el crossover popular y comercial, tanto que sus sonidos se colaron en las emisoras juveniles, La Mega y Oxígeno, quienes les abrieron las puertas y en horario prime time. Gradualmente el desprecio permeó el humor digital (celebridades digitales como Las Cardachians se hicieron famosas por institucionalizar y recopilar la burla hacia la cultura guarachera) facilitando que este género fuera un gusto culposo, ahora un gusto a secas y quién sabe si en unos meses sea el ritmo obligado en fiestas nacionales como pasa con el reggaetón o la salsa.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Es así como hoy podemos hablar de fenómenos virales como Baila conmigo del manizalita DJ Dayvi (que ha punteado el listado de Viral Latino de Spotify durante tres meses; ha sido remezclada por Jennifer Lopez y Willy William; fue usada por el FC Barcelona en el video para una campaña de experiencias y entretenimiento) o Me provocas del medellinense Fumaratto. La guaracha, la electrónica, ya infestó canciones de Monsieur Periné (Bailar contigo) o Carla Morrison (Disfruto), colando con inesperados remixes a estas bandas en discotecas de todo el mundo (y dejándoles ingresos extra). El movimiento subterráneo ya está saliendo a la superficie con todas sus fuerzas y destapando sus cartas.

NOSOTROS NO LLEGAMOS A LA GUARACHA, LA GUARACHA LLEGÓ A NOSOTROS

La palabra “guaracha” tiene raíces más profundas que abarcan más allá del tribal house colombiano, y comienzan con la forma en la que se denominaba a las canciones bailables cubanas. Según el cubano Esteban Pichardo y Tapia, autor del Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas, la palabra denominaba a una canción bailable de origen isleño desde finales del siglo XVIII, tocada y cantada primero en el Teatro Musical Cubano, luego en los salones de danza de baja categoría social y por último en los burdeles de La Habana. Aunque la cubana y la colombiana son diametralmente opuestas, ambas conviven en la connotación de desprecio y la mirada por encima del hombro a sus sonidos.

Lo que Colombia y el mundo están conociendo de la mano de gigantescos hits virales que sin anuncio se apoderaron de los listados comerciales, es la versión apócrifa de la electrónica de club; un licuado entre house y música folclórica como la cumbia, la samba, la salsa y hasta el country y que tiene de primos lejanos a la cumbia digital, el breakbeat, el moombahton, el kuduro o hasta el funk carioca. Y si bien se puede atribuir su génesis a exponentes internacionales como los estadounidenses Danny Tenaglia, Roger Sánchez y los españoles Darío Núñez y Dani Masi, también hay que entender la guaracha como resultado de la masificación de internet y la tecnología que ha permitido que la música electrónica se cree de manera empírica y casera, muy lejos de lo que manda la academia o “el buen gusto”.

El circuito de la guaracha no había necesitado el respaldo de los andamiajes industriales de la música. Alejadas de Spotify o YouTube hasta hace poco menos de un año, las canciones estaban regadas por Soundcloud y se daban a conocer por el voz a voz. Gran parte del impulso, y del estigma, vino de videos donde la guaracha era la banda sonora de videos aficionados y caseros que atestiguaban remates o fiestas piscineras donde el DJ de turno estaba rodeado de una cohorte de mujeres voluptuosas en vestidos de baño bailando el mismo paso sutil e imperceptiblemente coordinado. Por supuesto, la hostilidad de las redes acompañaba esos videos de comentarios en YouTube como “qué mano de prepagos”, “qué asco de música”, “se creen divinos bailando así” o “pura música de putas”, pero más allá del juicio moral se revelaba el fortalecimiento de unos sonidos pegajosos, pegachentos, algo predecibles, pero a fin de cuentas muy bailables.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Era cuestión de tiempo para que este fenómeno “subterráneo” llegara a oídos de los dueños del negocio. Los ejecutivos más jóvenes de Sony Music fueron quienes identificaron el consumo recurrente de las canciones y las pusieron sobre la mesa para que, en septiembre, la disquera firmara los dos tracks que más puntearon: Me provocas y Baila conmigo. Según Alejandro Jiménez, presidente de la discográfica, “la guaracha nos funciona en todos los sentidos. Investigando las cifras más a fondo nos dimos cuenta de que ya no solo tenía nivel de escucha aquí. La compartimos con colegas en otros países y se generó mucho interés porque, según decían ellos, esta música tenía una autenticidad muy grande; era un género musical que podía aportarle a la electrónica global”.

Es decir que, así como ritmos folclóricos autóctonos como el bunde, el bullerengue, el bambuco, la cumbia o el vallenato han representado la riqueza sonora colombiana en el mundo, hay que estar preparados pues es muy probable que en el 2020 la guaracha sea nuestra nueva gran embajadora cultural. Y todo eso a pesar del desprecio.

GUARACHA, LA MÚSICA DE LO PROHIBIDO

Uno de los primeros prejuicios que hay frente a la guaracha es que es música para traquetos y prostíbulos. Entendible si se recuerda en qué lugares se gestaron sus primeras fiestas o que David Sarria Ortiz, presidente ejecutivo del festival Black and White, fue capturado en 2015 bajo cargos de narcotráfico y fue pedido en extradición por Argentina. El Black and White, un festín de EDM, tribal, house o techno que se hacía cada enero desde el 2002 en el lago Calima en Cali, fue uno de los primeros eventos en poner a tocar a artistas de tribal house como el puertorriqueño Robbie Rivera, el holandés Don Diablo, o los colombianos Ángel Rodriguez, Iván Miranda y Marco Cardona.

Entendible también si relacionamos a famosas modelos webcam paisas como Alejandra Mejía y Meloody quienes han usado pistas de guaracha en sus shows y en sus videos de baile para atraer a sus clientes. Según Meloody, “este ritmo me permite bailar de manera sensual, pero al mismo tiempo alegre y con los bajos de las canciones puedo hacer movimientos con partes del cuerpo que hace de una que los usuarios tipeen”.

Pero ojo que eso es hilar muy fino y olvidar que otros sonidos, de maneras más solapadas y escondidas, también tienen un historial de toques privados para narcos, paracos y otros nombres no tan santos. “Nosotros como artistas no tenemos la culpa. Estamos donde nos contratan, no podemos hacer un casting al empresario ni le vamos a pedir una biografía”, explica la DJ Marcela Reyes. Para DJ Dayvi esto no es ningún secreto, pero aclara que “hay quienes hacemos las cosas bien y no nos préstamos para este tipo de situaciones”. Incluso también habría que recordar que si la cosa es de alusión a las drogas, Snoop Dogg es un estandarte de la marihuana, Jim Morrison o Depeche Mode le hicieron himnos a la heroína, o no hace mucho J Balvin, Bad Bunny y Jhay Cortez hablaron de 512 (Percocet) en No me conoce.

Y entonces, ¿de verdad de dónde viene el desprecio?

En voz baja y sin querer admitirlo públicamente, muchos productores y DJ de otros géneros de la electrónica consideran que la guaracha es mala producción musical: un sampleo de una trompeta que se repite y pistas que no son originales sino bajadas de internet. Pero el español Dani Masi concuerda en que, si bien la calidad no es la mejor, está calando duro en Europa: “en Colombia son muy estrictos con la meticulosidad de la producción. Sin embargo, con más dedicación, estos exponentes van a hacer un trabajo mucho más riguroso. Por ahora aquí en España vinieron a traer sonidos que refrescan, hacen bailar y por lo mismo son tan queridos en este espacio, es una propuesta novedosa que deberían valorar más en Colombia”.

El criterio de música “mal hecha” es complejo y termina en valoraciones subjetivas, muchas veces mediadas por criterios heredados. Dayvi recibe a diario críticas por el camino musical que escogió, pero él cree que “no existe la música mal hecha, existe la música y eso hacemos nosotros. La envidia es muy grande y en vez de darnos la espalda como artistas deberíamos apoyarnos y así lograr consolidar sonidos que representen a Colombia ante el mundo”. Sin embargo, la discusión puede ir un poco más allá  pues hay Dj, que prefieren omitir su nombre para no crear polémica, y explican que el género ya no hace parte de la escena electrónica: “ la guaracha está mucho más cerca de la música crossover y popular latina que de pertenecer a un subgénero de la electrónica. Esto es mejor aún para sus exponentes porque allí es donde están las masas”.

 

UN PLACER CULPOSO

Con el ascenso que la guaracha está teniendo internacionalmente, hay que preguntarse si ese será el punto de quiebre para que localmente se masifique y se termine de aceptar. Nada raro si recordamos lo que pasó en su momento con el vallenato, la cumbia o el reggaetón, que tuvieron que tener validadores externos para posicionarse con fuerza en el gusto masivo. Para el sociólogo Daniel Aguilar esto sucede porque “somos un país que no admite que somos pobres. El género musical que se consideró como el menos legítimo y más inculto fue el reggaetón. ¿Y qué ha pasado? Ahora lo consume gente en absolutamente todas las clases sociales. Todavía existe esa falsa creencia de que hay una música para oídos más selectos y no es que odiemos algo, es que solo aprobamos los sonidos cuando algunos los meten en espacios en donde se legitiman, o sea la radio, clubes, o puntea internacionalmente”.

Para Alejandro Jiménez en este país tendemos a ser muy colonialistas en nuestra cultura y socialmente hemos estigmatizado la música según las clases sociales: “muchos se criaron bajo el estigma que ciertas cosas eran corronchas porque no era música sofisticada, que lo que había que escuchar era rock. En el caso de la guaracha es un poquito extremo, las mezclas puede que no suenen a altos niveles, pero esas mismas características hacen que en otras latitudes, que son de donde estamos copiando música, lo sientan como un refrescante de sus propias posibilidades artísticas”.

De cualquier manera, hay un fantasma permanente e indeleble con este género: el clasismo. Por ejemplo, en el 2017 el portal Las 2 Orillas publicó un escueto informe sobre la movida titulado Pepas, bikinis y guaracha, el furor de las fiestas guisas en Colombia con un repaso ligeramente juzgón del estado de la escena en ese año, y del que llama la atención el uso de un poderoso y pesado adjetivo: “guisa”. Lo “guiso”, las “guisas”, es la forma en la que las protagonistas de videoclips y sus bailes han sido reiterativamente etiquetadas, pero también ha sido una pesada herramienta para reforzar el clasismo, sostener el rechazo hacia la diferencia, o estructurar que hay quienes están dentro del “buen gusto” y otros que no. Básicamente, una dictadura social determinada desde la moda, la apariencia física, que ignora procesos históricos que se han vivido en Colombia como el machismo, la opresión de grupos conservadores o el narcotráfico. Asociar la guaracha con lo “guiso” es una cómoda simplificación para reducir a todos sus fanáticos y productores en putas y traquetos, desconocer el poder de los gustos populares y perpetuar a esos poderes censuradores que han intentado prohibir y tapar todo aquello que no esté dentro de “la norma”.

Hay que entender la guaracha como resultado de la masificación de internet y la tecnología que ha permitido que la música electrónica se cree de manera empírica y casera, muy lejos de que le agrade a todo el mundo. Pero más allá del gusto, que finalmente es personal y caprichoso, todo el boom de este género sirve para que pensemos de dónde viene y cómo formamos nuestros gustos; para preguntarnos una vez más sobre el lugar de la superioridad moral que nos permite juzgar a otro por lo que oye y lo pone feliz, sobre todo si es algo que no ha sido avalado por la academia.

A la hora del té hay mucha tibieza en los argumentos para decir que la guaracha son sonidos que denigran a Colombia. Un estigma, un estereotipo y una superioridad moral que nos demuestra que en este país seguimos validando y aprobando que se sigan creando brechas sociales en lugar de reparar las ya existentes. La historia reciente del reggaetón parece repetirse, y si vemos su evolución y que nadie lo veía más allá de una moda pasajera, es predecible que en unos meses la guaracha esté metida hasta en la sopa y consolidada en todo tipo de espacios sociales, por lo pronto ya suena a cantaros en Europa y en Estados Unidos; en Bogotá ya se coló en emisoras juveniles y sus Dj que antes cobraban por toque dos millones de pesos se dan el lujo, como Fumaratto, de cobrar por un set de una hora 10 millones. Pero si no nos cree, solo revise las cifras de reproducciones en plataformas, las cuales superaron hace rato los 100 millones.  Y ustedes, ¿ya saben bailar guaracha?

Vea también: Las 55 mejores canciones colombianas del 2019 según Shock

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