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Andrés Orjuela, un sobreviviente a Rock al Parque 2006

En la Bogotá de comienzos del 2000, definitivamente no era buena idea juntar a las tribus urbanas.

La historia de Andrés Orjuela en Rock al Parque
CORTESÍA Y ARCHIVO SHOCK
Cortesía y Archivo Shock en Rock al Parque

No hay un solo texto en internet que documente lo que pasó el domingo 15 de octubre de 2006 en el festival Rock al Parque. Lo cierto es que decenas de asistentes y policías terminaron heridos. Uno de los más graves, Andrés Orjuela, decidió contar por primera vez qué pasó ese día y cómo su vida cambió radicalmente.  

Por William Martínez

Todo estaba dado para vivir uno de los mejores Rock al Parque de la historia. La edición 12 del festival, realizada entre el 14 y el 16 de octubre de 2006 en el Parque Simón Bolívar, en Bogotá, estrenó un sistema de audio importado (150.000 vatios), cuya instalación y control requirió la contratación de ingenieros estadounidenses. Para los artistas, la organización creó una zona VIP de camerinos, que contaba con muebles, salas de alimentación y espacios para prepararse antes de saltar a tarima, algo muy distinto a las simples carpas donde ellos aguardaban su turno en años anteriores.

Andrés Orjuela
Andrés Orjuela

Rock al Parque 2006 también inauguró un escenario alterno, denominado Lago, para 20.000 espectadores, y un pequeño escenario en la Carpa Distrito Rock, donde tocaron bandas locales que nunca habían pisado las tablas del festival. Por primera vez, el evento ofrecía tres tarimas. Y el cartel no se quedó corto ante las grandes novedades. Los headliners fueron Horcas (Argentina), ícono del heavy metal latinoamericano, Death by Stereo (Estados Unidos), una de las agrupaciones de hardcore punk más populares del momento, y Manu Chao (Francia), quien abandonó la tarima de la Plaza de Eventos con un coro eterno que retumbaba: 'Olé, olé, olé, olé; Manu, Manu'.

¿Qué pasó entonces? ¿Por qué la edición 12 de Rock al Parque se volvió mítica por sus niveles desbordados de violencia? ¿Por qué, por primera y única vez en la historia del festival, la organización tuvo que parar un concierto (el de Pornomotora, cerrando el domingo)?

Aunque 720 periodistas, entre ellos 52 extranjeros, lo cubrieron, no hay una sola pieza periodística en internet que documente lo que ocurrió el domingo 15 de octubre de 2006, mientras que los periódicos de la época sólo recogen cifras oficiales de las riñas. Para entender lo que sucedió, debemos fijar la mirada en el cartel de ese domingo.

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El cartel juntaba el mismo día y en el mismo escenario a Panda, una agrupación mexicana insignia para los ‘emos’ que tocaba por primera vez en Colombia, y tan solo 13 días después de haber lanzado al mercado su popular Amantes sunt amentes, con bandas de pop punk en pleno furor como División Minúscula y Don Tetto, con bandas de punk más tradicionales como Pornomotora y La Pestilencia, y con bandas de hardcore como la ya mencionada Death by Stereo. ¿Podía salir bien ese cóctel tan diverso? En la Bogotá de comienzos del 2000, plagada de la rivalidad entre tribus urbanas por motivos ideológicos, estéticos y musicales, definitivamente no.

Andrés Orjuela, una de las 83.000 personas que asistieron el domingo 15 de octubre al Parque Simón Bolívar, perdió su ojo derecho en medio de una batalla campal. Tras 14 años de silencio, en los que nunca habló públicamente del hecho, decidió contarnos qué pasó ese día y cómo su vida cambió desde entonces.

Este es un monólogo basado en la larga conversación que tuvimos con él. 

Andrés Orjuela en septiembre de 2006, un mes antes de Rock al Parque.
Andrés Orjuela en septiembre de 2006, un mes antes de Rock al Parque.

Los punkeros y los hardcoreros se enfrentaban, y los policías no hacían nada. Las personas de logística les gritaban: “¡Deténganlos! ¡Hagan algo!” Y uno de los policías les respondió: ‘¡Déjenlos que se maten! ¡Si ustedes se meten, nos los cargamos!” Roberto Barriga, un amigo que había viajado desde Barranquilla a Rock al Parque, vio cuando el parche punkero lanzó una pata removible de una valla de seguridad.

Otro amigo, Dairo Salazar, vio esa pata volando hasta desplomar a una persona. Escuchó un golpe seco, como si hubieran dejado caer una piedra muy pesada al pasto. Él fue a socorrer a esa persona. Era yo, pero él no me reconoció. Eso me contó después. No me reconoció porque al girar mi cabeza vio que tenía la mitad de la cara aplastada. Supo que era yo por mis tenis: unos Converse negros con cordones de calaveras. Pensó que me iba a morir porque me estaba ahogando con la sangre y se puso a llorar sobre mi pecho. Escuché el grito de mi amigo barranquillero: “¡Cómo son capaces de quedarse mirando!” Me alzó al hombro y me llevó a una carpa de la Cruz Roja. Allá me vendaron toda la cabeza. Eran pasadas las 8:00 de la noche y la ambulancia solo llegó tres horas después. David Niño, mi mejor amigo de la universidad, firmó unos papeles como mi acudiente y arrancamos para el Hospital Simón Bolívar.

Roberto Barriga, su amigo barranquillero, viste camiseta roja.
Roberto Barriga, su amigo barranquillero, viste camiseta roja.

En octubre de 2006, cuando pasó todo esto, yo escuchaba hardcore y tocaba la guitarra en una banda de metalcore llamada Kontragolpe. Hacía segundo semestre de Ingeniería Topográfica en la Universidad Distrital y trabajaba en bares de rock los fines de semana en el área de seguridad. Vivía solo en una habitación en el barrio Kennedy de Bogotá. Tenía 24 años. Desde 1998 iba a Rock al Parque. Era un espacio en el que me sentía completamente libre de vestirme, peinarme y expresarme como quisiera. En 2006, el festival abrió un nuevo espacio para bandas emergentes, la Carpa Distrito Rock, y en el cartel estaban los amigos de Dar a cada uno lo que es suyo. No recuerdo que una banda de hardcore se hubiera presentado antes en Rock al Parque. Esa fue mi motivación especial para ir ese domingo.

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Pasé toda la tarde en la Carpa Distrito Rock. Allá me encontré con mis compañeros de banda y mucha gente conocida del parche hardcore. Cuando tocó Dar a cada uno, la energía era muy chévere, pero la organización decidió parar el toque. Un parche de punkeros estaba lanzando botellas, tijeras y otras vainas contra la carpa. Había rumores de que se querían meter para acabar con todo adentro. Por esos años estaba prendida la rivalidad entre las escenas punk y hardcore. Cuando mezclaban bandas de ambos géneros en los toques, solían armarse enfrentamientos. Evacuamos la carpa y pensé que la cosa no pasaría a mayores. 

Alineación de Kontragolpe, la antigua banda de Andrés, en 2006.
Alineación de Kontragolpe, la antigua banda de Andrés, en 2006.

Yo había quedado de encontrarme con una amiga en la entrada del festival. Al regresar, unos amigos me dijeron que me había perdido de severa pelea entre punkeros y hardcoreros. Los punkeros, tomados y drogados, habían estado levantando emos y peleando con otros parches durante toda la tarde. Era un grupo grande, de 70 u 80 personas. En medio de la pelea, un punkero cayó al suelo de un puño. Varios se le fueron encima para rematarlo. El tipo como pudo salió corriendo.

Como el plan de mi grupo era ver a la banda estadounidense Death by Stereo, tomamos camino hacia el Escenario Lago y allá nos acomodamos. De ahí en adelante no recuerdo más. Lo que conozco y le contaré es basado en lo que me dijeron mis amigos después. El punkero que había sido golpeado unos minutos antes volvió con todo su parche para desquitarse. Yo estaba hablando con alguien de espaldas al enfrentamiento. Del parche punkero lanzaron la pata removible de la valla de seguridad y, en un acto de reflejo, yo giré la cabeza y me impactó en el lado derecho de la cara. Si no la hubiera girado, posiblemente habría muerto, porque el tubo me hubiera pegado de lleno atrás de la cabeza.

Mientras iba en la ambulancia, el vocalista de mi banda, Steve Ortiz, fue a la casa de mis papás para darles la noticia. Tal vez, sin querer, no lo hizo de la manera más sutil. Mi mamá estaba con mi hermano sacando la basura y él les dijo: “Si quieren estar con Andrés, está en el Hospital Simón Bolívar”. Ella se desmayó. Mi papá, sin dinero en el bolsillo, cogió como pudo para el hospital. Me hicieron una cirugía para suturar el globo ocular, porque el impacto fue tan fuerte que el ojo derecho se estalló de adentro hacia afuera. Mi papá pasó parte de la madrugada conmigo y antes de irse le entregaron mi ropa lavada en sangre. Él cogió 20 mil pesos que yo tenía en el bolsillo del pantalón y c0n eso pudo devolverse a la casa. Cuando llegó, escondió la ropa en un balde, y la lavó para que mi mamá no se diera cuenta.  

Papá de Andrés Orjuela
Andrés con su papá.

Mi compañero de habitación me preguntó si me había visto en un espejo. Le respondí que no. Me dijo que parecía como si un perro me hubiera arrancado la nariz. No tenía nariz, tenía un hueco. El lunes, me hicieron una cirugía para reconstruírmela. Los médicos se dieron cuenta de que una parte de la nariz estaba metida dentro de mi cara. Luego de la intervención, decidí verme en el espejo. No me reconocí. Mi cara era una pelota morada. Con los dedos intenté abrir el ojo derecho y vi una esfera completamente negra, llena de sangre. También noté que había perdido un diente. Tres días después, me dijeron que el ojo estaba aliviado, pero que había perdido la visión. El lunes siguiente me reconstruyeron el piso de órbita, que es el hueso que queda bajo el ojo. Ese hueso quedó triturado, hecho polvo. Tuvieron que poner ahí una malla de titanio.

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Me dijeron que la recuperación demoraba dos meses. Cumplido ese tiempo, la doctora me dijo que el ojo se iba a atrofiar, porque no irrigaba sangre. Me recomendó, por estética, quitarlo. Eso sí me dio duro. Una cosa es no ver y otra, no tener un ojo. Yo salí del consultorio y me hice el fuerte ante mi mamá para no afectarla. Cuando llegamos a la casa, me encerré en la habitación a llorar.

Andrés con su mamá.
Andrés con su mamá.

Me retiraron el ojo. Luego de la cirugía, mi papá me preguntó si cogíamos un taxi para ir a la casa. La pregunta no sobraba porque no teníamos dinero, nunca lo tuvimos. Yo le dije que cogiéramos Transmilenio. Cometí ese error. Nos fuimos en un bus desde la calle 165 con carrera Séptima (norte de Bogotá) hasta Kennedy (suroccidente). Cuando llegamos a la casa, sentía que me iba a morir. Duré cinco días sin poder dormir del dolor. Es el peor dolor que he sentido en mi vida. Mi amigo de la universidad llegó con un poco de bombas, como si se tratara de la piñata de un chino chiquito. Ese detalle me quedó en la memoria.  

Andrés con David Niño, su mejor amigo de la universidad.
Andrés con David Niño, su mejor amigo de la universidad.

La doctora me propuso diseñar una prótesis para reemplazar el ojo. Acepté, pero no salió como me lo había pintado, pues no se veía bien estéticamente y generaba un lagrimeo excesivo. Opté por los parches apósitos. La secreción me producía rasquiña y no podía rascarme porque el material es adhesivo. Busqué entonces los llamados parches de pirata. Estéticamente me sentía mejor, pero a los 20 minutos no te lo aguantas. Solo después de varios años, me acostumbré a llevarlo todo el tiempo.

Durante el primer mes de recuperación, no pude salir porque no podía darme el sol ni el viento. Aunque la universidad me ofreció la posibilidad de aplazar el semestre, yo no acepté. No estaba acostumbrado a quedarme en una casa ni a estar quieto. Cuando comencé a salir a la calle, me inflamaba horrible. Andaba con unas gafas oscuras para disimular. Como no veía completamente a mi alrededor, me golpeaba en la cara. Me golpeé muchas veces, me caí muchas veces. Una vez, por mantener las gafas en la noche, se me fue un pie en una alcantarilla. Lloraba pensando por qué mierdas tenía que vivir así.

Hubo momentos veloces y fugaces en los que pensaba en quitarme la vida. Pero después me decía que estaba vivo, y si uno está vivo, basta. Rendirse nunca es la opción de una persona fuerte. Desde pequeñito estuve acostumbrado a trabajar y a valerme por mí mismo. Eso creo que me ayudó a tomar las cosas de una manera diferente. Cada vez que me sentía mal, pensaba en que tal vez yo tenía que estar ahí en el momento del golpe. De pronto otra persona no hubiera tenido la fortaleza física ni el espíritu para soportar una cosa de esas. Si yo estuve ahí, evité que otra persona pasara por eso.

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Nunca quise saber quién me lanzó el tubo. Algunos conocidos me decían que podían averiguar quién había sido. Yo no quería imaginarme cómo iba a reaccionar si me lo cruzaba. Pensé en su mamá, en el dolor que sentiría su mamá al verlo golpeado, en que ella no tenía la culpa de lo que su hijo hizo, en que sentiría el mismo dolor de mi mamá.

Andrés en enero de 2007.
Andrés en enero de 2007.

Yo avanzaba en la carrera, pero para estudiar y hacer topografía se necesitan los dos ojos. Uno debe examinar fotografías aéreas y satelitales para hacer mediciones y mapas, y eso requiere la visión estereoscópica (la capacidad de los dos ojos para ver imágenes tridimensionales). Hice hasta noveno semestre y tuve que parar por falta de dinero. Por esos días, el vocalista de mi banda me ofreció trabajar en su estudio de tatuajes y yo, que había aprendido a tatuar hacía un tiempo, acepté. Lo hice por desvare para terminar la universidad y me terminó gustando más que la carrera. Ahora tengo mi propio estudio, Redbeard Tatto.

Todo el tiempo me siento observado. Cojo un bus y alguien se me queda mirando fijo todo el camino. Los niños que van por la calle dicen: ‘¡Ahhh, un pirata!’ Cuando me preguntan si yo soy un pirata, les respondo: ‘Sí, soy un pirata’. ¿Cómo voy a quitarle la inocencia a un niño? En algún momento, comencé a apropiarme y a aprovechar mi apariencia. Hice algunos extras para El Capo 2 y actué en Cumbia Ninja, una serie de Fox. Incluso el nombre de mi negocio, su imagen y la ambientación del estudio, tienen que ver con la estética del pirata.


Otras cosas cambiaron en mi vida a raíz del golpe. Antes, era ateo. Luego replanteé mi visión del mundo y decidí acercarme a una iglesia. Antes, era más egoísta. Ahora pienso más en el dolor del otro. Antes me la pasaba de festival en festival, ahora evito las multitudes. Me parecen un riesgo innecesario. Antes, era supremamente sociable. Después, me cerré. De tanta gente con la que hablaba a diario, solo quedaron seis personas. Y no son los que pensé que iban a estar en los momentos duros.

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Decidí demandar a Rock al Parque buscando una indemnización. Evidentemente hubo fallos en la seguridad del evento. Donde hay una valla, debe haber personal de seguridad. El proceso duró 12 años y finalmente perdí. Usando su poder, la Alcaldía de Bogotá y la organización del festival dilataron el caso hasta archivarlo. Hoy ya no pienso en eso ni en lo que pasó ese domingo del 2006. No lo recuerdo con rabia ni con tristeza. Tengo mi propio negocio, cuento con el apoyo de mis papás y ellos cuentan con el mío, y me siento completamente cómodo conmigo mismo. Ahora vivo con mi novia y estamos esperando felices nuestro primer hijo.

Para ver | 

Especial Rock al Parque: ¿Por qué Bogotá es tan metalera? 

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