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José Delgado y la reivindicación del cantautor

Hora de echarle un vistazo a la obra de este venezolano que anda de visita por Colombia.
Por
José "Pepe" Plata

Quienes asocian a los cantautores con una especie artística que va de escenario en escenario con una guitarra cantando canciones y despertando sensaciones y emociones a la audiencia, se han estado equivocando. Hemos visto cómo en el continente ha surgido personajes que toman a la canción como una base artística y que la proyectan como una posibilidad creativa que no se detiene y que ha ido tejiendo redes de colaboración, gestión y camaradería. Con ustedes, José Delgado.

Por: José “Pepe” Plata

Si en Colombia tenemos a gente como Andrés Correa, Roberto Camargo, Marta Gómez, Pala, Alejo García y más que han estado en nuestros oídos en discos, canciones y conciertos, en Venezuela hay un nombre que tiene una trayectoria para conocer y destacar. Se trata de José Delgado, un caraqueño de 36 años que en una década ha recorrido 25 países con sus canciones y esfuerzos de gestión independiente. Un personaje que además tiene experiencias en el teatro y la no despreciable lista de seis producciones discográficas: La ventana (2005), Canciones y poemas (2008), A pedal y bomba (2010), Rueda libre (2012), Sesiones en el Bolívar Hall Vol 1 (2016) y Algo (2016).

Delgado expande su labor a través de una plataforma denominada A pedal y bomba, con la cual difunde su obra y establece alianzas. Luego de varios conciertos en Bogotá, Delgado estará en Medellín este jueves 23 en Luna Moré Café y este viernes 24 en el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, en un recital literario y musical.

Tras varios discos y presentaciones en diferentes escenarios de América y Europa cantando por más de diez años, ¿qué viene siendo una canción para José Delgado?                        

La canción es un punto de encuentro, una puerta, una ventana; es la posibilidad de abolir la ficción de la “realidad real” y explorar otros mundos; puede ser un abrazo, un grito o un golpe.                       La canción es mi manera de meditar, de armonizar...                       

¿Cuál es el valor de una canción en una sociedad como la nuestra?                        

La canción puede tener muchos usos en esta sociedad. Puede emancipar a través de la exposición de mundos y experiencias posibles, diversas y honestas, propuestas desde los márgenes; o puede ayudar a esclavizar, a través de los tentáculos invisibles de una industria alineada con los poderes económicos que modela gustos solo por posicionar cosas para comprar. Ambas tienen su estética, ambas pueden ser divertidas, por ambas seguramente nos paseamos más de una vez en la vida, como productores o simples consumidores.                       

¿Qué tan pop puede ser el folclore y que tan folclórico puede ser el pop cuando de canciones se trata?                        

El tema de los géneros es un terreno complejo y en ocasiones antipático. Para combatir el vértigo que supone vivir tendemos siempre a etiquetar para clasificar e inventariar, para responder racionalmente a algo que no es de ese orden del todo. Ponemos la etiqueta para saber sobre todo “qué no es” y dónde no cabe. Si lo pensamos desde el orden comercial, pues es lógico: hay que saber cuántas veces suena para ver cuánto dinero genera. Pero desde el punto de vista espiritual su impacto no se puede medir con indicadores sencillos, es multidimensional, y por ende más rico desde donde se mire.

La raíz de lo pop es el folclore. Luego hay dos tipos de pop: el que genera más mezclas, más riqueza, que no se deja clasificar, que es rico en su variedad, y el que la industria lava con los fines únicamente de crear tendencias comerciales masivas.        

En mi caso, ese eclecticismo es mi bandera; el folclore en el refranero popular, la poética cotidiana de Caracas, ciudad mestiza, dialogando con sonidos que vienen de cualquier parte, la radio sonando, la ciudad peleando a cuchillos contrastando con el follaje de los árboles y más arriba el cielo azul llenos de guacamayas. Todo visto desde la cámara de un teléfono, viajando en la red a otras latitudes. Lo indo-afro-euro-americano en un plato de comida, es lo que llamamos un arroz con mango. Estamos bendecidos con la mixtura cultural y de ahí saldrá el ser del futuro, si es que no nos terminamos de comer entre nosotros                

¿Cómo nace la idea de la plataforma A Pedal y Bomba?                        

Lo que no he tenido por falta de plataformas en mi contexto lo he inventado. Entonces A Pedal y Bomba es una estructura con carácter de camaleón que se convierte en cualquier cosa para sacar adelante los sueños. Ha sido sello disquero, ha sido editorial, ha sido productora de eventos, empresa de servicios. Es una pequeña empresa con figura jurídica para hacer lo que personalmente no puedo hacer. Se esconde y sale al paso cuando se necesita. Siempre somos mi hermano y yo y se suma más gente dependiendo de la tarea que tengamos o el proyector en el que estemos. Así me inventé un programa de radio, #Descompón. En él hago entrevistas a los artistas de mi ciudad que nadie entrevista. A pulso, a puro corazón y convicción hemos logrado un registro maravilloso de 3 años de música en Venezuela.

Los discos son como los hijos. Usted ya tiene seis de ellos, ¿cómo los cuida y los hace crecer?         

Hago todo lo que está en mis manos para que nazcan y en cada concierto ese repertorio va madurando, canciones se van quedando y otras me siguen acompañando en la ruta. Producirlos es algo que controlo de manera directa. Ahora hay otra parte que tiene que ver con la distribución física y la difusión. Eso escapa a mis manos porque está ya en manos de las plataformas mediáticas, de los periodistas, de las radios. En ocasiones me genera ansiedad porque siento que no logro la explotación mediática de los discos; pero no puedo parar de componer y crear nuevas canciones. No puedo dejar determinar mi carrera por esa precariedad que no controlo.                       

¿Ya no le queda tiempo para el teatro?      

Hacer la música de manera independiente requiere de mucha inversión en tiempo y energía, así que no puedo estar en la dinámica de ensayo y montaje con compañías. Pero el teatro lo integro a mis recitales, siempre hay una búsqueda interpretativa, un encarnar la canción en cada repetición. También estoy acercándome desde otra perspectiva, ya que estoy en la recta final de la carrera de Artes mención Artes Escénicas en la UCV, pero esta se enfoca más desde lo teórico. Me ha dado buenas herramientas para la música.                       

                  

 

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