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¿Por qué las quejas al Jamming Festival 2019?

Mucha música, mucho sol y poca agua en uno de los festivales más grandes del país.
Foto: Katherine Fresneda
Foto: Katherine Fresneda
Por
Nadia Orozco

El pasado 16 de febrero Ricaurte recibió al Jamming, un festival que lleva ocho años posicionándose como uno de los grandes del país, Mucho sol, poca sombra y poca agua, fueron solo algunas de las adversidades a las que se enfrentó el público que ha sido fiel desde sus comienzos. ¿Qué pasó?

Por: Nadia Orozco @LadyEmpanadia // Fotos: Katherine Fresneda

Hace ocho años se creó el Jamming, un festival que ha sabido honrar con honores al reggae con carteles que han tenido en sus filas a artistas de la magnitud de Alpha Blondy, Los Cafres, Barrington Levy, Chronixx, Damian Marley, Cultura Profética, por nombrar a algunos. En un esfuerzo descomunal han logrado hacer lo que un evento de esta dimensión necesita para subsistir año tras año: establecer un público devoto que confía a ciegas en el cartel que los organizadores arman en cada edición.

Este año el Jamming se realizó con una novedad: Ricaurte, un municipio de Cundinamarca vía Girardot, fue el lugar que recibió a un cartel que este año venía con una cuota brutal de reggae, rock latino y hip hop, lo que sin duda diversificó y amplió el número de asistentes. En efecto así fue: buses colmados de personas llegaron a primera hora desde Bogotá en su mayoría y otras ciudades del país para cumplir puntualmente la cita. La jornada arrancaba a las 9 am pero debido a la lluvia, los horarios tuvieron retrasos.

Las redes oficiales del festival aseguran que 20,000 personas llegaron a Paraíso Estudios y desde las 12 pm hasta las 5 pm el sol, como era de esperarse, fue inclemente. Pese a que se sabía que el clima iba a ser uno de los factores que necesitaban ser tratados con precaución, fue una de las grandes grietas del festival.

(Vea también: Jamming Festival 2019: 21 horas de reggae, hip hop, rock latino y mucho sudor)

Los puntos de hidratación fueron escasos, la compra de bebidas (alcohólicas y no alcohólicas) se convirtió en una hazaña heroica que duraba de 40 minutos a una hora si se tenía suerte, todo esto bajo los rayos solares. Varios “emprendedores” vieron en la necesidad un negocio y compraron pacas de agua para revenderla en la misma fila al doble de precio y sí, como la sed tiene cara de perro no hubo más remedio que hacer el gasto. Era eso o buscarse un desmayo.

Las zonas de sombra estaban atestadas de gente con la lengua afuera que buscaban desesperadamente un refugio y a los que quedaban afuera, solo les quedaba buscar alivio en la sombra de un amigo más alto. En varios puntos el festival puso tuberías de donde salían unos delgados chorros de agua, varias quedaban al lado de la zona de comida y de corredores de paso y esto terminó por convertirse en un peligroso barrial.

El consumo de marihuana en el festival fue alto, al igual que de alcohol. Por eso quisimos indagar sobre los riesgos del consumo sumado al clima y el espacio abierto donde se llevó a cabo el Jamming.

Tuvimos la opinión de algunos miembros del proyecto Échele Cabeza que estuvieron como asistentes en el Festival. Su organización lleva varios años trabajando en la reducción de riesgo y la mitigación de daño en el consumo de drogas, y su presencia en festivales como Rock al Parque o el Estéreo Picnic ha sido clave para brindar información real y objetiva.

Para ellos fue un evento donde en términos generales no pasaron cosas graves, pero sí notaron una crisis al medio día en la enfermería por el golpe de calor. “No hubo acceso al agua, ni comprándola, ni de manera gratuita; el agua estaba costosa en un lugar donde debía ser una medida de salud y no un negocio”.

“Teniendo en cuenta que es un evento donde es evidente el consumo de marihuana y del alcohol nunca hubo anuncios preventivos sobre el consumo, la alimentación y la hidratación. Nos llamó mucho la atención que los videos que circularon sobre los tips eran  enfocados a la restricción (no llevar chapas, armas, camisetas de fútbol), pero en ningún momento se tomaron el trabajo de hablar sobre el cuidado de la salud, de no mezclar alcohol y drogas, de hacer pausas en el consumo. Vimos mucha gente tirada en el piso y eso es la consecuencia de esa falta de prevención”, explica Échele Cabeza.

“Es un evento privado y se hizo en una locación privada pero esto no libra de responsabilidad a las autoridades locales; no se vio a la policía por ningún lado, no se vio monitoreo ni control de las entidades de salud, no se vio presencia de autoridades públicas. Es un llamado a las autoridades locales para que regulen y miren qué se les está ofreciendo al público porque no hubo quién estuviera pendiente de la salud de las personas y debe haber una entidad encargada de monitorear eso”, añadieron integrantes de Échele cabeza

Pasadas las seis la odisea dejó de ser esquivar al sol y se convirtió en evitar golpear a los mares de gente que estaban tendidos en el piso debido a la larga y sofocante jornada. Otros puntos adversos de la organización fue el poco espacio de la locación en general. Los pocos lugares para sentarse eran sagrados y eran tan escasos que muchos decidieron aguantar el olor y sentarse y acostarse al lado de los baños. Pese a que por el micrófono de la tarima se incitaba a reciclar y no tirar basura, la falta de canecas hacía que la misión fuera imposible.

Por último, fue una pena ver que proyectos como el soundsystem El Gran Latido, destinado a la zona del castillo, tuvieron que luchar contra las adversidades climáticas y la ubicación al lado de los baños, representando con dificultad a la poca cuota nacional que hubo en la programación.

Para muchos de los asistentes con quienes tuvimos oportunidad de hablar fue un milagro que además de los desmayos, nada grave hubiera pasado, pero también hay que repetir que este año el Festival se encargó de deleitar al público con un cartel impecable, shows estelares que lo dejaron todo en la tarima, agrupaciones legendarias y nuevas que hacen eco en los festivales del mundo. Es necesario que el otro año vuelva una nueva edición con un cartel igual de poderoso, pero también es necesario que se atienda a las quejas de un público que ha sido fiel.

Hay que emanciparse de la idea que la crítica es mala, que solo busca destruir y que solo la hacen quienes no están satisfechos con nada. Sabrán los organizadores de todos los festivales y conciertos que una parte normal del ciclo de planear, producir y ejecutar un evento de tal proporción es recibir la retroalimentación de los asistentes y entender que eso es parte de la construcción para la siguiente edición.

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