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Roc Marciano es el sonido de Nueva York

El 22 de julio, en Sonny Hall, el rapero de Long Island Roc Marciano volvió a los escenarios de su ciudad. Estuvimos ahí para contar la historia.

Roc Marciano
Roc Marciano en el Sonny Hall de Nueva York. Julio de 2021.
// Photo Rob

La noche del 22 de julio Roc Marciano volvió a presentarse en vivo en Nueva York después de muchos meses de no poder hacerlo por culpa de la pandemia. Una crónica desde el resplandor bajo tierra en la cuna del rap.

Por Santiago Cembrano | @scembrano

El brillo de Times Square es violento a las 8 de la noche. Colores intensos brotan de las pancartas publicitarias de incontables marcas y productos y bañan la intersección de Broadway y la Séptima Avenida, el corazón de Manhattan, Nueva York.

Cientos de turistas de todo el mundo —hormigas al lado de los rascacielos que esconden el cielo y el atardecer veraniego—se amontonan y corren con bolsas de compras, perros calientes y celulares con la cámara en modo selfie. Esta escena fosforescente, el exceso brillante del capitalismo, se ha visto en varias películas y postales. Simboliza la promesa magnética de Nueva York, la ciudad de los sueños, que con sus avisos de neón deslumbra e ilumina a la vez.

En un sótano a pocos metros de distancia hay otra Nueva York. Desde la tarima, DJ Polarity, del Bronx, homenajea a la historia del rap de la ciudad: suenan MF DOOM , EPMD, Sean Price, Biz Markie y Wu-Tang Clan . El humo de marihuana es el papel tapiz de miradas gruesas y tragos de licor oscuro. Hay pocas mujeres. Los mejores ropajes de Polo y GxFR fueron desempolvados para la ocasión, y quienes los portan asienten al compás de la batería.

El lugar evoca glamour y el secretismo de un clásico speakeasy neoyorquino. Sus decorados elegantes —arcos en las paredes, una cúpula de flores de luz y un telón recogido en el escenario, un bar de madera— chocan con la suciedad de la música que retumba en los parlantes y con la ansiedad que se acumula entre los asistentes que esperan.

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Ese sótano es Sonny Hall, la afamada sala de conciertos neoyorquina, otrora un teatro de Broadway. Esta noche hay concierto del Illustrious Pimpire, el conglomerado compuesto por Roc Marciano y Stove God Cooks, con Pink Siifu como invitado especial. A pesar de que su fulgor se antoja eterno e inapagable, por más de año y medio la gran mayoría de eventos en vivo fueron suspendidos en Nueva York.

Esta será la primera vez en muchos meses en que estos artistas se reencontrarán con su público. El cartel está a la altura de la ocasión: el padrino del nuevo rap de la Costa Este, Roc Marciano, uno de sus discípulos, Stove God Cooks, y un artista excéntrico que bebe de ese manantial y lo combina con otras influencias, Pink Siifu.

A las 9 de la noche salta al escenario Pink Siifu, vestido de pies a cabeza de cuero morado. El rapero y productor de Alabama, con su gran sonrisa chueca, presenta su sonido profundo, como el de un quinteto melancólico que toca en la habitación de al lado, y su escritura introspectiva. Lo hace con vigor, no con los susurros que suelen escucharse en sus canciones: salta, ríe y corre por el escenario mientras rapea temas de trabajos como ensley (2018), FlySiifu’s (2020) y $mokebreak (2021).

Hacia la mitad de su presentación se le suma Fly Anakin —nacido en Virginia, de baja estatura, voz aguda y rapeos complejos— con el que Siifu grabó sus dos últimos discos. Con su rap jazz, filtrado y acuático, empieza oficialmente la noche.

DJ Doo Wop, peso pesado del circuito de los mixtapes y del rap neoyorquino desde finales del siglo pasado, se apropia de las tornamesas mientras la gente fuma más, bebe más y se emociona más. “Tenemos a algunos hijueputas del rap muy reales acá esta noche”, exclama, y deja caer una tanda pesada y estricta. Pasa de Westside Gunn a Nas y de Gang Starr a Big L, como tejiendo conexiones históricas. Dirige la noche con precisión: corta las canciones, las colorea con anécdotas. Enfrenta a Nas y Jay-Z en un versus de canción a canción, también a The Lox y Dipset. Da una lección de lo que es ser un DJ, mucho más allá de elegir buenas canciones.

Stove God Cooks
Stove God Cooks en vivo en Nueva York, julio de 2021.
// Photo Rob

Ya pasaron las diez. Las luces cambian de color; el salón, de profesor. La clase ahora es de cómo cocinar toneladas de perico, dictada por Stove God Cooks, el rapero de Syracuse. Desde el escenario, su cadena brilla como el amarillo de su saco Gallery Department.

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Su voz es rugosa como una cuchilla oxidada y su presencia es potente, aunque no llegue al 1.70. Su álbum debut Reasonable Drought (2020), producido por Roc Marciano fue laureado como uno de los mejores discos del año pasado, pero hasta ahora no había podido presentarlo en vivo. Con ese entusiasmo rapea sobre historias de ventas ilícitas en el parqueadero de una iglesia (Bread of life), cómo vino a salvar el juego (Break the pyrex) y su habilidad para hacer al material blanco saltar al estilo de Chris Mullin (John Starks). Los beats de Roc Marciano, cortes polvorientos de soul perfectos para ambientar los relatos heroicos de la calle, ya hacen presente al gran protagonista de la noche sin que pise el escenario aún.

Stove God Cooks en el Sonny Hall de Nueva York, 2021.
Stove God Cooks en el Sonny Hall de Nueva York, 2021.
// Photo Rob

Un hombre del Bronx llama a Roc Marci con ansiedad, otro levanta sus dos vinilos de Mt. Marci en el aire. Ya suenan sus instrumentales, pero él no aparece. Una mujer negra, con pequeños shorts y una cola de caballo alta, camina lentamente y riega pétalos de rosa por el escenario. Y al fin sale Roc Marciano, encapuchado, con una botella de coñac Hennessy en una mano y un pañuelo de seda en la otra, con la que sostiene el micrófono.

“I turn my pain into power”, exclama para iniciar The Man. De eso están hechas sus canciones, meditaciones agudas sobre las luchas que libró y los lujos que ganó. Y este track tiene un argumento claro desde el título: él es el hombre de la noche, así como de ese estilo de rap neoyorquino. Lo ha sido durante la última década.

No está solo en el escenario, lo rodean una decena de socios y familiares que hacen que pareciera los projects de Hempstead, Long Island, donde creció. “Saben que los amo, ¿no? ¿Ustedes me aman a mí?”, pregunta tras la primera canción, y las cerca de mil personas presentes le responden con una ovación. Sigue con Emeralds y sus sueños de Lamborghini y pesadillas de Nissan. La tarima es su pasarela, por lo que se detiene a destacar su vestimenta: su pantaloneta amarilla de Goyart, su chaqueta de Gallery Department, su gorro de jean deshilachado.

Los primeros temas —como From a Tek to a Mac, Death Parade y Flash Gordon— son de Reloaded (2012), su segundo trabajo, con el que definió su estilo: un ojo cinematográfico para el detalle, la dualidad de su quehacer criminal y su arrepentimiento y un profundo manejo del inglés con sus juegos de palabras y metáforas; esto lo proyecta en loops setenteros y añejos.

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Pero en contraste con la voz calmada, un suspiro gélido y amenazante, de sus canciones, su interpretación en vivo se vuelca hacia la fuerza y emoción requeridas para hacer saltar y mover las manos al público, como lo pide tras cada tema. Los beats, aún sin batería, retumban en la sala con la misma contundencia de los tiroteos descritos en sus rimas, que hacen que las camisetas blancas se vuelvan magentas cuando las balas entran.

“Esta mierda del covid ha sido muy loca, pero somos unos guerreros. Todos los que están acá esta noche son unos guerreros”, apunta. Del Reloaded de 2012 salta al 2018 con Respected, de RR2: The Bitter Dose, y prosigue con una tanda de Behold a Dark Horse, del mismo año. Con 1.000 deaths, sobre un beat invernal, rapea sobre el arte del hustle que aprendió desde niño y las armas como única herencia que se recibe en el barrio; el amplio espacio de la instrumental le deja margen para estirar ciertas frases o acortar otras, y cada pausa hace que el peso de la frase se sienta en los huesos.

De ese panorama frío salta a Congo, y todos se empiezan a mover como gorilas enjaulados antes del pogo. Él rapea marcando el tempo con su pie sobre el amplificador. Su directo es musculoso y controlado: se asemeja a un felino que acecha, a punto de dar el zarpazo. “Yo produzco todo, salvo lo que hacen leyendas como The Alchemist”, acota, y así entró Fabio, pura suavidad y lujo, junto con su deseo de amoblar su apartamento con perras como si fueran sillas. “Yo de verdad soy así”, resalta al final de la canción. Rompe la separación entre artista y persona y abraza la identidad de pimp —y el machismo que viene con ella— que lo caracteriza.

Mira alrededor, maravillado. Toma aire. Y celebra: “Mira esto. Soy de los que hizo que esto estallara de nuevo”. En su discografía reciente, él mismo alaba su impacto, pues no solo se hizo grande él sino que al devolverle al rap de Nueva York su identidad abrió la carretera por la que manejan muchos de los raperos del underground actual. Entonces se toma un receso e invoca a uno de ellos, Rome Streetz, que con una sonrisa da un paso adelante para rapear 96 Nauti Windbreaker Shit, un hit absoluto.

El respiro de Roc Marci continúa a la vez que Rome Streetz es relevado por Flee Lord, cuyos gruñidos en forma de rapeos muestran su trabajo con productores ilustres como 38 Spesh, así como un adelanto de Delgado, su próximo disco, todo producido por Roc Marciano. Aun cuando no está, su influencia no se agota. El Henny fluye por montones en el escenario y en la audiencia, la principal bebida de la noche.

Roc Marciano
Roc Marciano
// Cortesía artista

Roc regresa al ruedo y pasa a Marcielago (2019). “Esta es la mierda real, vamos a acabar fuerte”. Sale su lado melódico con los coros de Richard Gear y Tom Chambers: baila, toma Henny, entona melodías con la audiencia. “Hacer esto para mí es muy fácil”, confiesa. “Lo difícil es que me duele el cuello por esta cadena”. Ya tomó impulso para escupir barbaridades y disfrutar gozoso del momento. Así llega a su más reciente disco, Mt. Marci (2020), narrado desde la cima de la montaña. Para The eye of the whorus lo acompaña Cooks.

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“Él va después, le doy mi bendición. Ustedes saben que mi bendición tiene peso en este juego”, acota Marci. Tras un homenaje a Biz Markie, leyenda fallecida hace unos días, se despide con el bonus track del disco: The general’s heart. Las metáforas son enormes: con su lapicero fue escrita la Biblia. “Gracias por hacer esta noche posible, nada sería posible sin ustedes”.

Antes abandonar el escenario, Roc Marciano se encarga de dejar la conclusión de la noche clara e inconfundible: “Esta es mi propiedad”. Quizás habla de la ola que él encabeza, de todo el rap o de la ciudad de Nueva York. Su música es neoyorquina hasta la médula, pero no al estilo de Manhattan, con su encanto turístico. Es de alcantarillas humeantes y ratas enormes en el metro, de una época antes de la gentrificación y de Giuliani en la que el comercio de drogas ahogaba a las comunidades negras y a la vez era el único vehículo de escape para tipos como él. Es de solucionar los problemas con tiroteos, de Timberlands y grandes abrigos, del hustle constante y la búsqueda del éxito. Es de dolor que se transforma en poder a través del rap. Él, cómo negarlo, es un gran responsable del renacimiento de esa esencia. Por eso no le pesa la voz para reclamar lo que es suyo.

Son más de las 12 de la madrugada cuando el concierto acaba y las mil personas se toman las calles en la búsqueda de un pedazo de pizza rápido antes de volver a casa, un último blunt compartido o la próxima misión. Los avisos de Time Square fulguran como un sol artificial incandescente. Pero el que estuvo en Sonny Hall la noche del 22 de julio sabe que el mayor resplandor estuvo bajo tierra.

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