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Roger Waters rugió contra Donald Trump y la porquería política en México

Roger Waters la rompió en el Zócalo. Estuvimos ahí
Por
Redacción Shock

El pasado 1 de octubre más de 200 mil personas asistieron a un concierto sin precedentes en la Ciudad de México. Roger Waters llenó, como nadie antes, el Zócalo, el mismo lugar donde el águila se posó sobre el maguey y se fundó uno de los imperios más grandes de América. Yo estuve ahí, en medio de la mayor concentración humana en una de las ciudades más grandes del continente

Por: Juliana Saa // @ChatarraLee / Foto: Getty

Cuando no existían ni los iPods ni YouTube y el internet no era una herramienta cotidiana yo escuchaba Pink Floyd en mi discman. En esa época mis amigos del colegio en Cali empezaban a salir en las noches, a reunirse en casas y a tomarse sus primeras chelas. Yo tenía que acompañar a mis papás a la finca y perderme esas primeras callejeadas. El lunes todos hablaban del fin de semana y yo solo pensaba en las vacas, en la piscina con los primos y en que había parido la perra. Tenía 13 años y empezaba a sentir rabia, desencanto y un profundo arrebato contra mis padres. Me costó tiempo y peleas entender que uno no tiene que ser lo que todos esperan que uno sea, hacer lo mismo que todos hacen, y mientras lo comprendía, me acompañaba Pink Floyd. Mi papá había comprado el CD de The Wall después de toparse con el LP en un trasteo, su amigo colombo italiano le había recomendado el álbum durante un intercambio que hizo en Seattle. Hoy conservo el disco, americano prensado en el 79, mismo año en el que lo lanzaron.

Lo más bello de la música son las amistades que se tejen a través de los gustos afines. Por Pink Floyd conocí a muchos de los amigos que aún hoy conservo. Ellos también estaban llenos de rabia, querían saltarse lo que sus familias y los colegios privados tenían preparado para ellos. Puedo hacer un resumen de los últimos 15 años de mi vida y en cada uno la banda inglesa estaría presente. Así de intensa es la cosa. A los 17 cambié la excursión del colegio por el concierto de Waters en Bogotá. Recuerdo que también escribí algo al respecto, no sé qué se hizo el texto, pero sé que había un párrafo que decía algo así como “si la vida es la búsqueda de la felicidad yo ya podía morir tranquila porque no se puede ser más feliz”. Nueve años después, en otro país, lo fui.

Habían entrado caleta una bandera de Colombia (estaba prohibido), la misma que nos hizo identificarlos como compatriotas...

Llegué al Zócalo a las 2:00 P.M. Fui con un amigo que había venido de Bogotá únicamente para ver a Roger. El ingreso fue breve. La consigna era agarrarse de los hombros de la persona inmediatamente adelante para evitar colados. A nosotros de todos modos un tipo muy amable nos dejó meter. Casi todos los que estaban formados eran hombres jóvenes, de camiseta negra estampada con el nombre de alguna banda de antes de los 80 y el pelo de largo moderado sujetado por una cola baja. Hippies indígenas, morenos, chaparros, mexicas. ¿Dónde coinciden Roger Waters y Moctezuma? Cuando pude entrar a la explanada del Zócalo, que tiene tres veces el área de la Plaza de Bolívar en Bogotá, aún estaba casi vacía; ahí conocimos a una pareja de rolos que viven de gira eterna siguiendo a sus bandas favoritas por el continente. Habían entrado caleta una bandera de Colombia (estaba prohibido), la misma que nos hizo identificarlos como compatriotas. De todos modos en el lugar ya todos éramos amigos; quizás nunca hubiéramos coincidido en la vida, pero lo hicimos por la música, la música que genera lazos tan intensos y poderosos como una canción.

Hicimos un pequeño cambuche con la bandera de Colombia para protegernos del sol abrasante. Nos sentamos con un parche de tipos que jugaban póker, mejor preparados para la espera. Éstos eran diferentes a los de la fila; eran unos hippies ricos que con harapos intentaban ocultar, sin éxito, su casta. Pensé que habrían más adultos, más hippies viejos y nostálgicos, pero la gran mayoría éramos jóvenes. Escuché mil formas de hablar el español mexicano distintas al chilango que estoy acostumbrada, y para los mexicanos, el español que hablamos en Colombia es completamente seductor, todos imitan el acento de Wagner Moura (el actor brasileño protagonista de Narcos), “el colombiano” más famoso por estos días.

A pesar del sol, todo parecía dispuesto para la larga espera, el ambiente con la gente estaba agradable y los cuatro colombianos éramos los más populares del lugar. Incluso hubo un momento en el que un parche grande de atrás empezó a gritar el nombre de nuestro país, uno que por estos días dejó de merecer cualquier ovación. Lo único que me rayaba era la falta de agua para beber, aunque guardaba la esperanza para el momento en el que llegaran vendedores, los reyes del rebusque. Nunca llegaron. A las 3:00 P.M. ya no había más espacio para estar sentados; desde esa hora permanecí de pie, completamente pegada a mis vecinos. Tenía que mirar hacia el cielo para poder respirar, para liberarme de ese olor amargo y rancio del grajo, y el sol seguía ahí, infame, sin clemencia, sin dar reposo. Por ahí se escuchaba uno que otro grito invocando la lluvia, puteando a Mancera (el alcalde) por no poder hacer nada del todo bien.

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Pasadas las horas pensé que ya no podría aguantar más, que en cualquier momento iba a desfallecer. A mi lado habían un par de tipos verdes, pálidos, deshidratados, pero firmes en la espera. Yo también, pero pocas esperas han sido tan rudas como esta. Lo más bonito era ver cómo todos estábamos en comunidad, compartiendo la poca agua con los más necesitados. La música nos unía. A medida que iba cayendo el sol estábamos más pegados los unos a los otros hasta que por fin, a las 7:45 PM se encendió la gran pantalla. Todos forcejearon para estar más adelante y a mí ya no me importaba sentir mi culo pegado a las caderas de desconocidos. La espera había terminado.

La gran pantalla se encendió con la imagen de la superficie lunar que comenzó a moverse mientras sonaban ladridos de perros. El silencio se apoderó del lugar durante unos minutos. El paneo lunar duró unos 15 minutos, hasta que a las 7:59 P.M. todos empezaron a contar hasta que fueron las 8:00, cuando, puntual, un destello blanco absorbió la pantalla y nos encegueció, arrancó Speak to me y por fin, salió Roger con su bajo. Una esfera enorme se proyectaba, iba acercándose al público como si en cualquier momento fuera a rodar sobre nosotros mientras seguían encendiéndose más y más luces. Ahí comenzó Breathe (In the Air), la primera canción del Dark Side Of The Moon, un álbum sin pausa entre canción y canción, que habla del tiempo, del dinero, de la locura, de las personas ordinarias, como vos, lector, y como yo.

Para los que no están muy familiarizados con Pink Floyd, lo primero que tienen que saber es que su música es, sobretodo, política, y es Roger Waters quien le ha impreso ese sello. Su padre fue asesinado por los nazis en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Lo segundo que tienen que saber es que sus conciertos siempre son como una ópera rock, con montajes impresionantes (con muros enormes que van derrumbando durante el show, por ejemplo) y proyecciones con mensajes políticos que por sí solas podrían ser obras autónomas. Y lo tercero, es que su música fue pionera insertando sonidos electrónicos logrados a partir de sintetizadores, grabaciones de sonidos ambiente y guitarras, la de David Gilmour sobre todo, esa que solo él sabe hacer chillar, imitar sonidos de aves y crear otros jamás escuchados. Gilmour es el genio detrás de la música, Roger es el que se inventó el concepto.

Waters ya me había llevado al “lado oscuro de la luna” nueve años atrás en el Parque Simón Bolívar, el día antes de que el “Patrón Bush visitara Rancho Colombia”. El sábado fue en la Plaza de la Constitución, esa misma donde dos semanas antes el presidente de México, Enrique Peña Nieto, había dado el grito de independencia, como en un capítulo de Sin pecado concebido, junto a su esposa, la actriz de telenovelas, Angélica Rivera, frente a un pueblo cansado y sin ganas de gritar. Las imágenes aumentaban su intensidad a medida que avanzaba el concierto. Comenzaron con paisajes que se fundían con lo que sucedía en el escenario. Con un close up de Roger Waters comenzó Set The Controls For The Heart Of The Sun, del álbum A Saucerful of Secrets, y poco a poco lo que se mostraba en la pantalla se tornó más político, refiriéndose a un sistema capitalista que engendra esclavos sin identidad.

“Si no estás molesto entonces no estás prestando atención”, se leía en la pantalla. Creo que ese es el compromiso del artista con su obra, llevar las conciencias hacia esa atención de la que habla: las de más de 28 mil desapariciones, muchas de éstas durante los cuatro años de gobierno de Enrique Peña Nieto, y el plan macabro de Donald Trump de seguirnos dividiendo a punta de muros. “I cannot believe I still have to protest this shit!!” Lloré, me llené de coraje cuando el público empezó a contar, uno por uno, los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. Vivos los queremos, vivos nos queremos, como dijo Roger después de cantar Us And Them: “It´s not us and them, it´s us”.

El concierto sobrepasó, por muchísimo, la marcha del 15 de septiembre (en la víspera de la celebración del grito de la independencia mexicana) que pedía la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto. El Zócalo no estaba divido: todos, hasta los extranjeros como yo, sentíamos el mismo dolor y la misma impotencia, un sentimiento que nos unía a todos como humanos, como víctimas de un sistema ineficiente y violento.

Pasada una hora se levantaron cuatro chimeneas enormes sobre el escenario y en la pantalla se dibujó la fachada de una fábrica. Parecía la ilustración de su álbum Animals (1977) a grandísima escala. Waters tocó Pigs On The Wing mientras salía humo por las calderas, mientras la fábrica se convertía en la Casa Blanca, mientras aparecía la sórdida imagen de Donald Trump y mientras sonaba Pigs (“Big man, pig man / Ha, ha, charade you are”). En ese momento deseé con todas mis fuerzas que David Gilmour estuviera tocando la guitarra, esa que estalla con su pedal Big Muff gracias al cual logra ese sustain infinito.  

Durante los 11 minutos que duró Pigs estuvimos en éxtasis colectivo. La imagen de Donald Trump se dibujaba de mil formas mientras el famoso cerdo se erguía en el escenario, mientras la pantalla proyectaba las célebres frases del candidato, su discurso de odio pero también de estupidez y desparpajo. Al término de la canción se leía en los 90 metros de la pantalla, “TRUMP, ERES UN PENDEJO”. Los acordes se fundieron con gritos, “puto, puto puto” e “hijo de la chingada”. Yo me uní a ese “complot”. Olvidé el sudor, el grajo, los cabezazos, los roces en el culo, solo brinqué y brinqué, brinqué como un acto de resistencia, de desobediencia; brinqué contra Enrique Peña Nieto, contra Álvaro Uribe, contra Peñalosa, contra Trump; brinqué por Ferguson, por Gaza, por Bojayá, Toribío y los Altos de María. Brinqué a pesar de mi cuerpo cansado, que no estaba tan vivo ni tan eufórico desde la adolescencia. Y el suelo tembló y el Palacio Presidencial y la tierra vibró por todas las víctimas.

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Como si tanta euforia fuera poca llegó el momento para The Wall (1979), y con éste el desahogo del público mexicano que, al término de Another Brick In The Wall Pt. 2, gritó sin cansancio “fuera Nieto”. Roger Waters casi no pudo continuar con la siguiente canción, Mother. Al verso Mother should I trust the government?”, de nuevo, todos unidos gritamos un rotundo “NO”. Ojalá Enrique Peña Nieto sepa lo que pasó después, ojalá lo vea, ojalá le importara.

Del The Wall no tocó muchas canciones pues apenas hace un par de años terminó su gira dedicada a este álbum. Después de preguntar si había algún paranoico en el público sonó Run like hell. Nada está puesto al azar, cada pequeño detalle hace parte de un ensamble perfecto, un plan de Waters para captar nuestra atención en cosas más importantes que los “iLead, iProtect, iFollow, iResist, iAttack, iLearn, iBelive, iKill, iPay” mientras el mundo se desbarata ante nuestros pies y nosotros vamos pateando impávidos sus pedacitos. You better run”. De esta explosión de imágenes el reposo llegó con Brain Damage y Eclipse para sorprendernos, una vez más, con la construcción a partir de luces, del prisma gigante; nadie podía creerlo, el arcoíris pasaba por encima de nosotros extendiéndose por todo el Zócalo.

Tras la aparición del prisma pensamos que todo había terminado, nada podría sorprendernos más, pero Waters salió de nuevo; lentamente se acercó al micrófono con un papel un poco arrugado. Con mucho respeto y procurando pronunciar un buen español a pesar de la dificultad que le costaba hablarlo, leyó un contundente mensaje a Peña Nieto, uno que, al menos yo, no sentí como una estrategia de la cual se aprovecha y multiplica dependiendo de las coyuntura de cada país en donde ofrece conciertos. Al contrario, para mí Roger conoce la fórmula para conectar la política, la emoción y la belleza a través de la música. El mensaje decía:

 

“La última vez que toqué en el Foro Sol conocí a algunas de las familias de los jóvenes desaparecidos. Sus lágrimas se hicieron mías, pero sus lágrimas no traerán de vuelta a sus hijos. Señor presidente, más de 28 mil hombres, madres, niñas y niños han desaparecido. Muchos de ellos durante su mandato, desde 2012. ¿Dónde están? ¿Qué les pasó? Recuerde que toda vida humana es sagrada, no solo la de sus amigos.
 

Señor presidente, la gente está lista para un nuevo comienzo. Es hora de derribar el muro de privilegios que dividen a los ricos de los pobres. Sus políticas han fallado. La guerra no es la solución. Escuche a su gente, señor presidente. Los ojos del mundo lo están observando”.

 

Mientras leía la carta las luces iluminaron inquisidoras hacia el Palacio de Gobierno y en la pantalla se leía un enorme “RENUNCIA YA”; todos le pedían la renuncia del presidente, ese mismo que invitó a Trump, que no ha dado respuesta por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, que tienen en jaque el sistema educativo y que no ha podido frenar la desigualdad. Más que un grito de odio, se sentía el cansancio y la esperanza por un nuevo comienzo, uno que tantas naciones necesitan.

Ayer mi país, Colombia, le dio la espalda a la esperanza, mostró su incapacidad de perdonar y de unirse. No podemos construir historia porque preferimos repetirla, seguir dividiéndonos y levantando paredes. Quiero tener en mi mente la imagen del muro derrumbándose con la que concluyó el concierto. Ojalá nosotros derribáramos tantos muros artificiales, dejáramos de gritar solo en conciertos y de hacer tantas guerritas por redes sociales. Con el tiempo uno va perdiendo el entusiasmo y se va llenando de resabios; nunca hay que quedarse en esa zona de confort, nunca hay que perder la vista de las cosas en las que creemos y que nos importan. Por favor, no perdamos la esperanza. “TOGETHER WE STAND!”.