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'Dune': la (des)esperanza en la evolución de las franquicias cinematográficas

De la mano de Timothée Chalamet, Zendaya y más reparto de lujo, Villeneuve establece las bases para que 'Dune' sea una franquicia que vaya más allá que Star Wars y el universo de Marvel. Lean aquí nuestra crítica de la película estrenada en Colombia durante el Bogotá International Film Festival.

Dune película crítica
TIMOTHÉE CHALAMET como Paul Atreides en la película de acción y aventura Dune (Duna) de Warner Bros. Pictures and Legendary Pictures.
// Cortesía de Warner Bros. Pictures y Legendary Pictures.

En 2020 leí la primera oración del primer libro de la saga de Frank Herbert: “Es en el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta”. En ese espíritu de nuevo comienzo llegó a las salas de cine Dune, una de las películas más esperadas del año.

Por Juan Diego Barrera Sandoval

Luego de ver Dune creo que en ella, como en su protagonista, Paul Atreides, puede estar la semilla de una revolución cinematográfica, como también puede no haber más que una decepción o un vacío.

La historia humana ha demostrado, al fin y al cabo, que solo se sabe tras los hechos si una revolución fue definitiva, o si estuvo desde siempre destinada a convertirse en una de tantas revoluciones fallidas que precedieron a un punto de quiebre total. Y, por lo mismo, no puedo sino recomendarles que asistan conmigo a la intriga.

Un grano de arena para un enorme desierto de contexto

Quise leer Dune, la novela de Frank Herbert, desde que supe que uno de mis directores favoritos y aún activos se encargaría de un nuevo intento de traerla a la gran pantalla. En 2017 se hizo oficial que el canadiense Denis Villeneuve (Blade Runner 2049, Arrival, Prisoners, Incendies, etc.) se lanzaba a la difícil tarea de recorrer el camino donde otros tres grandes directores cayeron.

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El mismo en el que David Lynch concretó una película pero, por lo malograda, casi pierde su carrera; Alejandro Jodorowsky casi pierde la cabeza en un intento obsesivo de hacer una película de 14 horas con Mick Jagger, Salvador Dalí, Orson Welles y banda sonora de Pink Floyd (sobre esta película que nunca fue, recomiendo este documental reciente) ; y el mismo en el que ni siquiera pudo arrancar Ridley Scott por falta de apoyo de las productoras, que habían dado ese proyecto por maldito e imposible.

Poster-oficial-pelicula-dune-2021-cine.jpg
Poster oficial de la película Dune (2021) / Duna (2021)
// Cortesía de Warner Bros. Pictures y Legendary Pictures

La insistencia de estos directores es justificada: además de una épica apasionante, Dune, la novela, es una de las críticas más novedosas de nuestro sistema de explotación de recursos naturales; una oda a la subversión y un cuestionamiento de la hegemonía cultural y el cierre a otros modos de vida; y un vehículo perfecto para insistir en cuestionamientos a problemáticas de nuestro modo de vida desde su interior.

A medida que leía crecía mi preocupación y comprensión de la maldición: ¿cómo era posible pasar a lo concreto, a las imágenes, una historia a la vez tan épica y llena de acción como capaz de abordar ecología, teología, política y filosofía como parte de un mismo problema -el de la naturaleza humana-?

Fue fácil ver en esta novela que el desafío de cuidar y transcribir con delicadeza un universo simbólico complejo era de la misma magnitud, cuando no mucho mayor, que la de grandes obras como El Señor de los Anillos.

Hay un paralelismo entre la noticia de que esta adaptación iba a ocurrir y la premisa básica de la historia de Dune: ser designado con la responsabilidad de adaptar este libro, que es la maldición de tantos directores, debe implicar una sensación como la que tuvo el Duque Leto Atreides ante la designación del feudo de Arrakis, que debe aceptar a pesar de tratarse de una trampa mortal y evidente.

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El riesgo es infinito, y las posibilidades de sobrevivir y triunfar son, de entrada, ínfimas.

Pero, además, el compromiso de Villeneuve va más allá que cualquier otro de los esfuerzos pasados por realizar Dune. Warner Brothers quiso apostarle a lo que la mitad de la afición de la saga soñaba, y la otra mitad temía: convertir a Dune en un franquicia cinematográfica y televisiva que explorara la saga y su universo entero con ambición comercial y, a la vez, con la grandiosidad y complejidad temática de los libros.

Para tal apuesta de construir una franquicia más ambiciosa que las de Star Wars o el universo de Marvel, hay que arriesgar. La imagen del torero, de su riesgo, tan presente en película y libro -de una manera tan particular y crítica de la sacrificialidad y el especismo-, compone el espíritu mismo de esta obra, y esa valentía tan extraña es entrañable.

Tras el hit de Arrival y el aclamo crítico (aunque no comercial) de Blade Runner 2049, secuela de otra obra de culto, escoger a Villeneuve tenía sentido para tal propósito, y su insistencia en separar la adaptación del primer libro en dos partes era un parte de tranquilidad para quienes temíamos que no hubiera suficiente tiempo para reconstruir cuidadosamente en pantalla el universo del libro.

La confirmación de una estrella tras otra para conformar el reparto de Dune, y la adición final del compositor Hans Zimmer a esa lista de nombres reconocibles que garantizarían boletería, eran recibidas con una emoción colosal. Aunque capoteando con el mayor riesgo, esta adaptación de Dune vino más preparada que todas sus antecesoras para poder esquivar la muerte.

Dune: la emoción y el miedo por lo que puede ser

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Cuando leía la primera novela de la saga -cuya primera mitad es la que se encuentra recreada en la película-, poco imaginaba que yo fuese a jugar una parte en esa historia, por ejemplo, reseñándola.

La “Letanía contra el miedo”, la ominosa oración que acompaña a la familia protagonista a través de su odisea como nuevos señores feudales del planeta Arrakis, me hizo compañía a mí también desde que acepté hacerme cargo de esta reseña.

¿Estaba destinado a odiarla? ¿Iba en camino a quedarme corto de palabras? ¿Cómo podría ser justo, para generosidad y dureza, con esta película que tanto ansiaba?

“No debo tener miedo”, pensé mientras se apagaban las luces en la Cinemateca de Bogotá, durante la función de inauguración de la séptima edición de Bogotá International Film Festival (biff) , que era también la premier de Dune en Latinoamérica. “El miedo mata la mente”, continuaba mi plegaria mientras veía y escuchaba el viento soplar sobre una duna dorada en la pantalla.

“El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”. ¡Esta escena se ve incluso mejor que en mi cabeza! ¿Cómo es posible que omitieran esa parte? No juzgues con premura, Juan Diego, espera. “Afrontaré mi miedo”.

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Me emociono, me enfurezco, me sobresalto, me contengo y, después, abandono en silencio la sala del cine una vez terminada la película.

“Permitiré que pase sobre mí y a través de mí”, me digo antes de concluir la oración mientras intento verter lo que pienso sobre esta película en estas líneas. “Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde haya pasado el miedo ya no habrá nada, sólo estaré yo”.

La adaptación al canón cinematográfico

Mientras que la novela de Frank Herbert, publicada en 1965, transformó la ciencia ficción tal y como la conocemos, creando un paradigma nuevo, la primera parte de la adaptación de Villeneuve aparece en el 2021 como una obra que ocupa un lugar mucho más incierto, cómodo y, a la vez, difícil.

En un mundo donde las obras que Dune influenció -como Star Wars, Alien y Blade Runner- ya existen y hacen parte activa del canon cinematográfico y televisivo, la novedad que puede ofrecer en términos de forma parece nula: hay ya una ontología y una estética de la ciencia ficción, unas ideas sobre lo que podemos esperar como audiencia de un mundo cinematográfico hollywoodense marcado por los viajes interestelares, las profecías y los imperios galácticos. De hecho, ahora existen franquicias multimillonarias que se mueven dentro de códigos bien definidos y quizás predecibles.

Así que, si Dune quiere ser el nuevo Star Wars, lo que tenga en términos de reparto, diseño de producción, efectos, propuesta visual o sonora, etc. define su particularidad y es causa necesaria de su éxito, pero no causa suficiente.

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Podría ser también que surgiera una película que le apostara a renovar el mundo de la ciencia ficción en términos de forma: imaginar, como quiso por ejemplo Kubrick con 2001: una odisea en el espacio, o, en otra escala, High Life de Claire Dennis, una nueva forma de aproximarse a la ciencia ficción. Pero no es el caso.

Salvo por el diseño del sistema de escudos, es poco lo que apuesta esta entrega de Dune en ese sentido. Más bien, nos presenta la manera en la que el director cree que la novela puede encajar dentro del canon cinematográfico vigente, que es lo que es hoy, justamente, fruto de la inspiración que recibieron ilustradores, diseñadores y directores de los esfuerzos de Alejandro Jodorowsky por realizar este film a finales de los setenta.

Es en el contenido, en la historia, en los personajes, en sus apuestas políticas y en su capacidad de tocar los afectos de la audiencia donde Dune debe dar la lucha por destacarse dentro de un panorama que ella misma ayudó a forjar. Pero, ¿lo logra?

La semilla y la incertidumbre

Esta película es imperdible porque no asistimos en ella al desenvolvimiento total de este potencial, sino a una semilla que bien puede prosperar y vivir en la próxima entrega, o sobrevivir sin pena ni gloria, o morir en el olvido.

En esa incertidumbre, en esa petición de paciencia, ya hay algo nuevo y más interesante que el normal proceder de la cinematografía de las franquicias. Solo habrá superado el examen de la historia si el resultado que veamos con la segunda parte es el de la novedad y la vida. Y la recompensa será mucho mayor si nos aventuramos desde ya a habitar la (des)esperanza que puede venir con esta primera entrega.

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Sin poder acceder a la experiencia de quienes no leyeron la novela, aventuro que esta primera parte puede ser una gran pieza de entretenimiento para cualquiera. Está dedicada a la construcción de un universo simbólico pero no a su exploración a profundidad. A cualquiera le generará la inquietud por lo que vendrá, aunque puede sentirse, como ya han dicho otras reseñas, como un gran prólogo.

No podemos saber con ella si se logra ya esa promesa de diferenciación con respecto al resto del panorama de las franquicias cinematográficas, como quizás no podía hacerse en el momento del lanzamiento de La comunidad del anillo, con la diferencia de que esta película sí llegó a las salas para renovar por completo el paradigma de la fantasía y no para habitarlo.

Una de las diferencias fundamentales que veo entre Dune y otras franquicias es su desarrollo de personajes. Habrá a quienes moleste que con un reparto como este -Chalamet y Zendaya están acompañados de Oscar Isaac, Rebecca Ferguson, Josh Brolin, Javier Bardem, Stellan Skaarsgaard y mucho más- tenga tan poca participación de cada actor.

Dune película Zendaya
ZENDAYA como Chani en la película de Warner Bros. Pictures y Legendary Pictures, DUNE.
// Courtesy de Warner Bros. Pictures y Legendary Pictures

Pero secundo una película que no busque sacar el máximo jugo a cada nombre en contra de lo que pueden ser los intereses de la narración y a favor sólo de la expectativa de mercado. Sin embargo, también creo que en esa urgencia de abarcar el contexto amplio de la historia se sacrifican muchas oportunidades para mostrar los detalles con los que Frank Herbert compuso su universo de particularidades y tensiones.

De lo anterior pongo dos ejemplos ¿Por qué privarnos de un Gurney Halleck (Josh Brolin) que aconseja a la familia real entre cantos de canciones populares, mientras toca una lira, para convertirlo en un soldado pedante, estereotípico, que de vez en cuando menciona algunos adagios populares? ¿Por qué limitar a Lady Jessica al rol de madre-compañera sin abordar la riqueza infinita de su historia como concubina enamorada y deseante del imposible matrimonio con su amado?

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En ambas omisiones, y en muchas otras, hay una subestimación de la audiencia, de su capacidad de entender un personaje más allá de sus roles. Y se trata, particularmente, de una historia excelente a la hora de mostrar a cada uno de sus personajes como algo más que una simplificación.

En esta película encontré la recreación perfecta y más concreta de lo que logra la imaginación al compararla con muchos de mis pasajes favoritos del libro. Pero también me preocupa: si la dirección en la que apunta el proyecto de Warner se sostiene, nos habremos perdido de la posibilidad de la masificación de una de las historias más inteligentes y complejas que se han escrito en el último siglo.

Dune tiene una narrativa capaz de movilizar y cuestionar por fuera de lo ya dicho de forma aburrida y que no compromete a nadie, como a menudo sucede con los temas medioambientales. Pero si la dirección por la que opta Villeneuve en este Dune continúa siendo la de la lucha maniquea entre buenos y malos, y sigue lejos del cuidado y profundidad con las que el libro aborda, por ejemplo, la crisis climática, el extractivismo, el colonialismo, el delirio de “salvador blanco” y la teología, nos quedarán la desesperanza y la tristeza por lo que pudo ser la exploración masiva, continuada y cuidadosa de la naturaleza humana a través de una saga que ha enamorado a millones por su obstinada negación a caer en los lugares comunes.

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El Bogotá International Film Festival continúa con su programación hasta el 15 de octubre.

Dune, de Denis Villeneuve, estará disponible en carteleras colombianas desde el 21 de octubre.

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