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Sobre el éxito de Pálpito, las relaciones "mágicas" y la moral de los ricos

Pálpito apareció en el mapa de las series como una de las novedades más vistas de Netflix en los últimos tiempos. ¿Qué hay detrás de su éxito? ¿Por qué atrapó tanto este drama sobre élites conflictuadas moralmente?

Pálpito
Serie Pálpito
// Foto Gustavo Cabrera / Netflix

La serie latinoamericana Pálpito de Netflix sorprendió al mundo al alcanzar un récord de audiencia. Y podría pensarse que la razón de esta amplia difusión se relaciona con la evidente americanización de la serie (de los personajes, del paisaje de Bogotá, etc.), pero puede que su éxito se deba más al mensaje que trae entre líneas. Si no se la han visto, les avisamos de los spoilers.

¿De qué habla Pálpito?

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La serie Pálpito comienza contando la historia de Camila. Una apasionada fotógrafa que da todo por su profesión y que, “por casualidad”, conoce a Zacarías, quien inmediatamente cae enamorado de ella y hace todo porque sean pareja. Sin embargo, esta suerte de Orlando Bloom colombiano agrupa todos los rasgos de un tipo con quien ella nunca se hubiera imaginado tener afecto alguno.

Desde el comienzo, tenemos la sensación que algo anda mal. Camila se diferencia mucho de su marido: además de tener claras distancias políticas es menos rígida y más espontánea. Ambos encarnan posiciones diferentes y hasta opuestas que, como hubiera dicho el sociólogo Pierre Bourdieu, dan cuenta de la típica disputa dentro de la clase dominante: dividida entre la primacía otorgada al capital cultural o al capital económico.

Podríamos decir con una pequeña fórmula ilustrativa que, mientras él vive para trabajar, ella trabaja para vivir. Mientras el polo dominante de la clase dominante busca la maximización de ganancias, al ver en el trabajo el medio para poder vivir con lujos, el polo dominado (los intelectuales, artistas y demás) persigue otro tipo de valores y encuentra en el trabajo el fin para desarrollar sus potencias estéticas.

Hasta acá todo parece una relación convencional. Si tenemos en cuenta el conjunto de condiciones objetivas, tanto su matrimonio como su inminente ruptura se explican fácilmente. Ambos proceden de familias con dinero y, según la idea comúnmente formulada por los sociólogos, contraria al sueño idílico de las telenovelas, es estadísticamente regular que las personas se casen con personas de su misma clase social. Su ruptura, no obstante, se explica por el conflicto entre sus estilos de vida y, por supuesto, por la llegada de un tercero, Simón: un estudiado cocinero y actor de familia intelectual que, además, parece un Brad Pitt latinoamericano.

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Pero en cualquier caso los encuentros nunca son tan accidentales. Coincidir en un concierto e inmediatamente sentir empatía y hablar con total facilidad no es el producto de alguna conexión mágica, sino una serie de ajustes prácticos frente a lo que la posición obliga. El enigmático aire de familiaridad quedaría entonces resuelto y todo el conjunto de coincidencias encontrarían explicación al remitirnos al sentido social del gusto.

Pálpito
Serie Pálpito
// Foto Gustavo Cabrera / Netflix

Así la serie juega todo el tiempo entre dos polos explicativos posibles. Primero: la existencia de alguna conexión invisible en la que el corazón de la víctima hace una suerte de llamado o demanda para reunirse con sus amados. Segundo: la pura casualidad; estar en el lugar adecuado, en el momento exacto y bajo todas las condiciones para que se dé el tan anhelado encuentro amoroso.

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La historia trata de un drama propio de “las élites”. Pero, en lugar de mostrar la típica idea de una clase de papel unificada, una tal burguesía movilizada para oprimir al resto del pueblo, la serie dramatiza el conflicto entre un polo dominado y uno dominante dentro de la misma clase alta.

¡Alerta spoiler!

Entre dos muertes

Aun diciendo todo lo anterior, sería un error zanjar tan rápido la cuestión y sostener que el elemento de un vínculo supernatural es simplemente no pensar en las condiciones sociológicas. Pálpito nos plantea, entonces, la idea de un corazón que demanda saldar cuentas aun después de la muerte. Más allá de su verosimilitud, sería absurdo que se dejara de leer al encontrar que en Hamlet aparece un fantasma pidiendo redención o que alguien indignado hullera del teatro denunciando la locura delirante de Shakespeare.

La serie nos muestra un conjunto de conexiones afectivas que produce un corazón en su nuevo huésped. Es como si este órgano impulsara a Camila a reunirse con los amados de una víctima de asesinato. Al tiempo, Simón y su hijo, tienen una sensación extraña que los atrae hacia ella.

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Más importante aún, poco a poco nuestra protagonista empieza a sentir que su corazón quiere decirle algo. Desde entonces, Camila empieza a separarse de su vida y pone sobre sus hombros la tarea de descubrir el misterio alrededor de su trasplante de corazón.

Cuando finalmente se entera de lo ocurrido se siente terriblemente culpable. Y lo más interesante: dice que lo peor de todo es que Valeria, su donante, “murió dos veces”. Esta indicación llama la atención puesto que evoca lo que Lacan llama el “entre dos muertes”: una disyunción entre la muerte real y la muerte simbólica. Como en Hamlet, mención que no hemos hecho por casualidad.

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El problema de la serie es el drama de una muerte real no acompañada por un “arreglo de cuentas” simbólico. La diferencia es que, en el caso de Camila, el asesinato no es llevado a cabo por un tío maligno sino por su propio esposo y en beneficio suyo. Valeria muere, pero la demanda por vengar el asesinato se convierte en una culpa que ocupa la mayor parte de su tiempo, hasta el punto en que llegamos a dudar quién mueve realmente el cuerpo de Camila.

En una situación inicial, el matrimonio de Camila parecía sostenerse por una especie de perversión sexual. Es como si el conflicto moral de Camila, al estar con alguien como Zacarías, encontrara una solución al convertir lo displacentero en su opuesto: como si contara con una máquina para convertir el goce malsano en placer sexual.

Pero a medida que conocemos más a Camila se hace delegada de esta deuda simbólica. Cae su deseo sexual con su esposo y, si bien tiene fantasías con Simón, éstas disminuyen a medida que avanza su búsqueda. De una máquina que convierte al goce en placer, nuestra protagonista se convierte en una sublimadora que se entrega al ideal de cumplir su promesa. De repente Camila siente asco por el trabajo de su esposo y hace todo lo posible porque se sepa la verdad. Desde ahí, todo cambia.

Pálpito
Serie Pálpito
// Foto Gustavo Cabrera / Netflix

La moral de las élites

La serie toma un giro hacia la vertiente de los ideales dejando entrever su carácter reprimido. Asistimos progresivamente a una historia secundaria en la que Zacarías intenta hacer llegar a la presidencia a un desagradable político. Lo interesante es el exceso con que lo presentan: a un tipo glotón, con mucho dinero, mujeriego, que no le importa nadie más que su persona. Pero este exceso, en el que se pretende la denuncia de las características que tendría un déspota hambriento de poder, produce el efecto contrario al caricaturizar en grado extremo y desembocar en la comedia.

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Esto no es gratuito si nos remitimos al interesante parecido que tiene con una serie cuya comparación es quizás insospechada. La serie del comediante Juanpis González presenta un drama similar en el que el malvado burgués corrupto es presentado con unos rasgos exagerados para facilitar la aversión de los espectadores.

Si nos detenemos, se parecen más de la cuenta y hasta comparten algún actor ambas producciones. Por ejemplo: antes de contar la historia de la organización que lo está amenazando, Zacarías le dice a su fiel compañero y socio que juntarse con dicha organización equivaldría a hacer un trato con el diablo. Él le pregunta extrañado: “¿Ay no me diga que no va a hacer un trato con la guerrilla?” en un tono de burla, a lo que responde “Já, usted me conoce weón”.

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Esta especie de exageración produce, a nuestro juicio, una distorsión que deja de lado que en la actualidad no es tan fácil ubicar al terrible amo totalitario. En una época en la que la política depende de la opinión pública y hasta los políticos de extrema derecha usan lenguaje incluyente, es difícil situar a ese Hitler al que podríamos adjudicarle la maldad humana. Las caricaturas que se construyen producen, entonces, la idea de un ser extremo con el que nuestros decentes políticos no podrían compararse.

Aquí la serie muestra la otra cara, pues, como de costumbre, el exceso de moral permite vislumbrar su carácter reprimido.

Volviendo al drama principal, y a los personajes “buenos”, ocurre que cada vez que alguno hace algo indigno hay una razón que los exculpa: a la enfermera que trabajaba con los maleantes le habían quemado su casa; Simón mata al médico que asesinó a su esposa; su hija dispara a uno de sus secuestradores en defensa propia, antes de que Camila sea infiel nos muestran una escena en la que su marido la trata terriblemente, etc.

Este valor otorgado a la contingencia deja entrever el verdadero espíritu de las élites. No es que haya un trabajo organizado para planear la dominación y se reúnan los malvados poderosos que tras el telón mueven los hilos para definir el curso de nuestras vidas. La dominación ocurre, por el contrario, gracias a esa urgencia que nos dicta qué hay que hacer, lo que la posición obliga. Está definida por la facilidad que nos otorga todo nuestro sistema moral y jurídico para librarnos de la culpa de nuestros actos y encontrar una justificación lista para calmar la angustia de nuestras propias contradicciones.

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