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“Dios y la mata de lulo” de Nicolás y los fumadores: buscando el ruta fácil hacia la plenitud

Pasaron cuatro años entre 'Como pez en el hielo', el disco debut de Nicolás y los fumadores, y 'Dios y la mata de lulo (o qué hacer en caso de que haya perdido la luz)'. Así es montarse en uno de los discos más esperados de la música alternativa nacional.

Nicolás y los Fumadores
Nicolás y los Fumadores
// Foto Juanita Ortega

“Ahora que lo pienso, le hizo falta una canción más alegre a este disco”, dice una voz robótica, distorsionada, sobre un ruido radial. ¿Cómo pasó Nicolás y los fumadores de ser una banda que sonaba a Mac Demarco en español a esta fritera?

Por Juan Diego Barrera

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Santiago Velázquez, manager de Nicolás y los fumadores -conocido también por protagonizar el video de Bailando triste, el primer hit de la banda- me entregó una copia virtual del nuevo proyecto de la banda el 20 de febrero, unos días antes de la publicación oficial (el 25 de febrero), y un día después de la sesión de escucha para prensa.

Pasadas unas semanas me preguntó si sabía cuándo saldría esta reseña. Yo respondí, en mi cabeza, antes que a través de un mensaje, acudiendo a las primeras palabras que se cantan en El Sol (mi canción favorita del disco): ¿Cómo fue que se pasó todo este tiempo? Qué vergüenza con ustedes. Voy a ver si hoy sí comienzo a trabajarle a esto”.

Sumido en una tristeza similar a la cantada en La lluvia, y quizás para procrastinar aún más, pensé en que con Santiago García -“El profe”, vocalista principal, guitarrista y productor de la banda- me he encontrado más que con el resto de los integrantes en tiempos recientes. En todas las ocasiones posteriores a su icónico show en el Estéreo Picnic del 2019, le pregunté cómo iba la producción del segundo disco.

Seguramente, más de una vez, mi amor y mi fascinación por esta banda me llevaron a amargarle alguna pola al recordarle que, como yo, éramos miles esperando esta entrega (si está leyendo esto, ¡perdón, profe!). Él respondía siempre igual, con buen humor: “agh, marica, sí, ha pasado mucho”, “no parce, es que estamos reventados y no hemos tenido tiempo”, “no, ¡la pandemia!”.

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No alcancé a ver a Juan Carlos Sánchez -baterista y vocalista ocasional- ni a Nicolás Correa -guitarrista- cuando tocaban grunge en su banda Cronopios. Tampoco pude asistir a eventos de hace ocho años, durante los tiempos en los que la banda exploraba fusiones con el jazz, se definía a veces como “punk de corbata”, otras como “jazz comedia”, y se llamaba Santiago García y los pantalones elegantes ( imperdible esta entrevista de ese entonces de mi amigo El Enemigo). Era muy pequeño en ese entonces.

De hecho, ahora, por trabajo, tampoco pude ver a la banda el pasado 10 de marzo en el lanzamiento de este disco en Boogaloop, cuando hicieron de teloneros de sí mismos, recordando esa faceta en la que hicieron escuela para perderle el miedo a las tarimas. Incluso me enteré hace poco, investigando para esta nota, de que también se llamaron Nicolás Correa y los Sarcófagos del Ritmo.

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Pero sí he sido de los que han reído y llorado con y por ellos desde que se llaman Nicolás y los Fumadores; de quienes compartimos sudorosos, reducidos y atestados shows por toda la capital; de quienes presenciamos falsos conciertos de despedida (Nicolás viajó, pero volvió en 2017); de quienes vimos el adiós real de su anterior bajista, Felipe Velásquez -“Pipex”-, que dejaría la banda para dar paso a Luis Felipe Torres -también conocido como “Satán” y como “Petricor”, el nombre de su proyecto solista de electrónica-; de quienes vimos, emocionados, el desarrollo de su amistad con otras bandas nacionales (Quemarlo Todo por Error, Las Yumbeñas, Distimia Agorafóbica, etc.- y regionales -Lolabum, de Ecuador); y de quienes reímos, irónicos, tras pagar veinte lucas por una mala fiesta.

Nicolás y los Fumadores
Despedida de "Pipex" (izuierda) en el Día de la Familia Tomasina -un evento realizado en Boogaloop, con un cartel conformado por varias bandas que se conocían desde el colegio-
// Foto Juan Diego Barrera

Esa turba, que tenía homólogos en las principales ciudades del país y acogió su gira nacional, madrugó un último día del anterior Estéreo Picnic para verlos abrir el escenario principal, apenas pasado el mediodía, diciendo “Buenas tardes, Rock al parque”. Los sencillos de este disco, que vieron la luz desde entonces, abrieron las puertas a un mundo de posibilidades sonoras, distante de la reapropiación del sonido de Mac Demarco con la cual se ganaron el corazón del público alterno. Y luego, irónicamente, y a raíz de la pandemia, nos quedamos muriendo de verano.

Y para no quedarnos en las mismas, aquí va un recorrido por este nuevo disco, para ver si este es el ruta-fácil que lleva a la plenitud. Uno con Los Fumadores, la dirección de arte de Juanita Ortega y la masterización de Sebastián Abril.

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Dios y la mata de lulo: ¿de qué trata?

El segundo disco de Nicolás y los Fumadores comparte título con su primera canción, que es instrumental. Un solo acorde largo emerge de un teclado y una guitarra, como la luz de una linterna atravesando la noche. Cierro los ojos e imagino el aspecto de su sonido. ¿Qué busca ese sonido?

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Un haz de luz que se infiltra por una rendija hacia un cuarto oscuro. Un meteorito que cae: Dios acabando con todo, incluidas las matas de lulo. Gracias a ese sonido constante imagino cómo se dibuja una hoja: una línea recta avanza sobre el papel junto al sonido solitario y constante; las desviaciones en el trazo se dan por reacción a cada adorno dulce y sutil de la guitarra; los bajos cambian la intensidad del trazo; y así se pintan los recovecos, los giros, el ápice del contorno, los nervios -esas líneas que se desprenden desde el centro hacia el exterior- y, quizás, los frutos de lulo.

Carreta. Vine a enterarme después de que el nombre que eligieron hace tres años no significa nada. Y a la vez sí, pues es un dicho rural: uno que sirve para atajar la urgencia de hablar para llenar el vacío. El tío abuelo de Nicolás Correa -de pocas palabras, según lo describió el guitarrista-, solía decir “Dios y la mata de lulo” ante los silencios incómodos. “Un día estábamos ensayando, nos quedamos callados y, de la nada, Nicolás dijo eso”, cuenta Juan Carlos. “Y todos lo miramos como, ¿qué?”.

Es inquietante, cuanto menos, que una expresión sobre la incomodidad humana ante el silencio describa un rango, como diciendo “en esta nada podríamos hablar de lo supremo y de lo inocuo, y en cambio, callamos…porque, ¿pa’qué?”.

Es esa la inquietud que suscita esta introducción atmosférica, que fluye hasta desembocar en la siguiente canción. Flota sobre el río que es el sonido solitario, los fraseos de la guitarra aventuran ideas que eventualmente se suman, crecen, se pierden, son retomadas y se conectan. La noche de la linterna se vuelve pueblo nocturno a la distancia; este se eleva para hacerse cielo estrellado; y las estrellas derivan en constelación, en la siguiente canción.

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¿Qué hacer en caso de que haya perdido la luz?

Interpreto que a través del resto de cortes del disco, en los cuáles hay letra, podemos ver formas de preguntar y abordar ese “¿pa’qué?”, aunque no siempre se puedan responder. ¿Para qué pedir perdón si fue hace tanto tiempo? ¿Para qué contar mi tristeza si todos nos sentimos igual? ¿Para qué rezar? ¿Por qué transformar la nada en algo? ¿Para qué hacer si todo está ya hecho, y somos la generación condenada a algoritmos que nos mostrarán niños pequeños de alguna otra parte del mundo que ya lo hacen mejor?

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La canción que da menos rodeos para responder es El Verano, el primer sencillo del disco. “Pipex” sigue en el bajo para esta versión y, como novedad, en los coros está la voz de Paula Pedraza (Paula Pera) . Su pregunta sería “¿para qué tener sexo?” y su respuesta, obvia y directa: “porque es rico”, “porque quiero”, “porque estoy mamado de aguantarme las ganas” (siempre me llamó la atención que se omitiera el obvio aspecto sexual del juego de palabras en las notas de prensa del lanzamiento, y se centraran en la literalidad explícita del clima).

Desde allí se empieza a configurar una “poética” del disco: el calor es entendido como algo inaguantable, que seca todo a su paso y asfixia; pero también “me quejaba del frío bogotano”, como en la canción La Lluvia (su pregunta: ¿para qué seguir viviendo sin la luz que tenía?), porque sé que la penumbra helada de las cortinas cerradas ahoga.

El sol (¿para qué trabajar ya, y en medio de tanto caos?) arremete contra la ventana y contra nuestras posibilidades de seguir durmiendo profundamente, como si fuéramos obligados por el andar del tren de la vida adulta a cruzar la luz para llegar a El túnel (¿para qué trabajar en cosas que no me gustan?) que está al final: una nueva noche de incertidumbre, de muerte o de incapacidad de ver -con un bajo de "Satán", que le da un color diferente, más energético, a la banda-.

Fue también desde El Verano que vimos las primeras pistas de un nuevo destino musical, los primeros pasos hacia una total ruptura con la adopción evidente del sonido de referentes como Mac De Marco. Hay en ese tema, y en el resto del disco, una producción muchísimo más detallada, así como una insistencia, quizás heredada de Spinetta o del pasado interés en el jazz, de explorar más a fondo la posibilidad de partir canciones en “capítulos” sonoros, como antes hicieron con Brisa.

Nicolás y los Fumadores
Nicolás y los Fumadores
// Foto Juanita Ortega

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Y es que en Dios y la mata de lulo (el álbum) la banda decide apostar de lleno a la dinámica de los “pasajes”, o estructuras musicales con secciones muy demarcadas y contrastantes. Ello les permite crear también jugar con más capas de sentido y experimentar con nuevas formas de componer. En El Sol se altera entre un diálogo con la audiencia -y en especial los seguidores de la banda- y la narración de un sueño, así como en El verano se iba de la descripción de los efectos del clima soleado a la descripción sensorial del deseo y en La Gloria (¿para qué amar, si se acaba?) se pasa de la petición a la plegaria.

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Pero en El sueño de los justos (¿Para qué nos seguimos encartando con problemas?) y Último servicio (¿Para qué seguir haciendo música?) lo llevan mucho más allá: son canciones que sirven como interludios o skits, o quizás como fragmentos de declamación poética musicalizada, que resultan de recopilaciones de textos de Juan Carlos Sánchez.

Estos oscilan entre lo anecdótico, los poemas, los pasajes bíblicos parafraseados y los textos atribuidos a terceros y a otras épocas. La música también tiene algo de collage: hay grabaciones de las risas en el estudio, del canto operático de alguien que se baña y del sonido de las calles, así como guiños de guitarra que van desde la melodía de Sweet Child O’Mine hasta la de una pieza de Chopin.

Otras canciones, de estructuras más tradicionales pero no por ello menos innovadoras dentro del catálogo de Los Fumadores, son La Gloria, La Pálida y El Túnel.

Apoyados en un órgano y en voces corales de tipo iglesia, la primera vincula el éxtasis amoroso con el religioso, pero enfatiza, por contraste, la conciencia sobre la finitud de lo primero; y, a través de un rock mucho más distorsionado y de riffs acelerados, El Túnel y La Pálida comunican la angustia, respectivamente, ante la incertidumbre laboral y ante los malestares físicos aún incomprensibles para quienes empezamos a recorrer el decadente camino de la adultez (de hecho, ruegan volver al vientre y no haber nacido, en una frase que bien podría haber inspirado El trauma del nacimiento, del psicoanalista Otto Rank).

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La Pena (Bolero Veraz) es otro caso de innovación en términos de género. Como su nombre lo sugiere, y puesto que tomaron el riesgo, la canción incluye sonidos de vientos, coros, otras percusiones y un modo de interpretar guitarra y bajo mucho más cercanos al de los sonido de las bandas que siempre pone la abuela de Nicolás, que los inspiraron. Aunque para el disco optaron por una versión con menos énfasis en los elementos boleros, llama sobre todo la atención subvertir los clichés de la letra de ese género para ser consecuentes con nuestros tiempos y con la banda, como exploran a profundidad en esta entrevista de Casa en Llamas (¿Para qué pedir perdón por lo que pasó hace mucho tiempo?).

Tener Fe: la respuesta a la pregunta inicial

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Nuestra generación está preguntándose por su relación con la fe constantemente. Tiene sentido si pensamos que la razón y la política -especialmente la nacional- parecen vedarnos de horizontes de futuro, y que nuestra juventud ha estado marcada por hitos históricos como pandemias y conflictos que amenazan con tornarse en guerras mundiales: no solamente es el “no-futuro” de los noventas colombianos, sino un generalizado “qué putas está pasando” que solo incrementa a medida que corren las cascadas de información.

La mía y la de Los Fumadores es la generación que, como perfectamente retrata El Sol, estaba soñando, persiguiendo a un animal en el bosque, cuando irrumpieron en su niñez las imágenes noticiosas de los secuestrados, que se asemejan a las fotografías de los campos de concentración.

¿Qué refugio teníamos? ¿Qué respuesta convincente podrían darnos nuestros padres para dar sentido a ese trauma? “Me dan ganas de llorar, me dan ganas de volver atrás”, como dicen los memes millennials y centennials que se preguntan por el sentido, por la gracia, de haber nacido en este caos.

Nicolás y los Fumadores 3
Nicolás y los Fumadores
// Foto Juanita Ortega

¿Cómo no ver conspiraciones? ¿Cómo no ver una viralización de astrología, tarot y demás conocimientos esotéricos en redes sociales? ¿Cómo no esperar la revitalización de los estudios religiosos y los grupos de oración? Algunos de nuestros padres marcaron distancia laica o no practicante (rara vez atea o agnóstica) y hoy muchos envidiamos su fe.

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La última canción del disco vuelve sobre el momento en el que perdimos esa fe que nos resguardaba del mal. Muchos crecimos con oraciones de antes de dormir, como el mencionado Ángel de la guarda, que nos separaba de la angustia hacia lo desconocido de la noche, a nuestra vulnerabilidad de niños recién salidos del vientre. Y la voz de “El Profe” -cuya interpretación conmovedora y convincente es uno de los mejores aspectos de todo el disco- nos lleva de ahí a una pregunta final: ¿ahora qué?

Su respuesta, sin embargo, no es “Dios y la mata de lulo”, ni nihilismo, sino una invitación a replantearnos la fe como algo necesario para sobrevivir, a pesar de falible e incapaz de garantías:

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“Y ahora que estamos tan desamparados / ya solo nos queda pedir / que tengamos la vida suficiente / la fuerza y la memoria / para poder estar mejor”

Porque aunque sepamos que ni viviremos hasta la plenitud, que nuestra fuerza decae con el pasar de los días y nuestra memoria se empezará a nublar, requerimos también de cada vez menos de estas facultades, dulcemente condenados a la resignación y al aburrimiento adulto que ya nos acecha, a la crisis mundial irreversible, a la Colombia inviable. Y eso no equivale al fatalismo: por el contrario, no es ya la angustiosa fe de quien intenta ser mayor que la vida, de ser los elegidos para las grandes tareas, de quienes quieren ser “leyendas”; es una fe del cuidado (y por esa vía sí del cambio estructural), de la dignidad, del poder estar mejor riéndonos de nuestras desgracias, sabiendo que así como ayer dimos el mundo por terminado, mañana amanecerá de nuevo y habrá alguien que diga “Dios y la mata de lulo”.

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