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¿Por qué es racista (y clasista) la categoría “urbano” en la música?

Llegó el momento de revisar el racismo en la categoría de “música urbana” y en su hijo racista y clasista: el “pop urbano”.
Photo by Alberto E. Rodriguez/Getty Images for The Recording Academy
Photo by Alberto E. Rodriguez/Getty Images for The Recording Academy
Por
Fabián Páez López

Tuvo que escalar una protesta global contra el racismo sistemático en todos los ámbitos de la vida para que la industria de la música se replanteara el uso de categorías racistas como el término urbano. Una columna sobre un llamado que no es nuevo, pero que hasta ahora tiene impacto.

Por Fabián Páez López // @Davidchaka

El domingo 7 de junio en la ciudad de Bristol, al occidente de Inglaterra, un grupo de manifestantes que se sumaron a las protestas contra el racismo tras la muerte de George Floyd en Estados Unidos derribaron y tiraron a la bahía de la ciudad la estatua de Edward Colston. “Una conmemoración a uno de los hijos más virtuosos y sabios de la ciudad”, decía la placa que acompañaba aquel monumento, que no contaba, desde luego, que Colston no era simplemente un “polémico comerciante”, como lo llamarían los medios colombianos, sino que fue un tipo que construyó su riqueza a costa del sufrimiento de unos 80.000 hombres, mujeres y niños negros que llegaron desde África en sus barcos. Su negocio era comerciar con esclavos a finales del siglo XVII y principios del XVIII. 

Para resarcir la deuda histórica, desde hace por lo menos dos años, algunos ciudadanos de Bristol firmaron una petición para remover la estatua del centro de la ciudad, llevarla a un museo y revisar el impacto de la verdadera historia de la esclavitud y la explotación. La petición no fue escuchada, pero finalmente, a raíz de las protestas, el monumento terminó siendo removido por los manifestantes con sus propias manos. Lo mismo ocurrió en Londres con la estatua de otro reconocido esclavista del Siglo XVIII, Robert Milligan. Y algo semejante está empezando a pasar en la música: el término “urbano”, que en los últimos años se ha erigido en la industria de la música como una estatua venerada por su masividad y rentabilidad, tal y como sucede con los monumentos de Colston o Milligan, es un símbolo que nos recuerda cómo el racismo se ha instaurado en muchos espacios y pasa desapercibido. Pero, de nuevo, a raíz de esas protestas, está derrumbándose.  

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El modo en el que esa cualidad discriminatoria de la categoría “urbano” se ha transmitido con los años lo hemos podido rastrear e identificar desde Shock en nuestro curso como seguidores del mundo de la música en distintos contextos. El llamado a tumbar el concepto de “música urbana” se nos ha presentado durante los últimos años una y otra vez pero solo hasta ahora parece tener impacto. 

En 2016, durante una entrevista para Shock, Los Reyes de la Champeta (Charles King, Louis Towers y Viviano Torres) esbozaban el problema del uso del término en el entorno de la champeta en Cartagena. Los tres intérpretes, considerados leyendas del género, se consideraban en desventaja y mostraban preocupación “ante la invasión de lo que hoy se conoce como la "champeta urbana".  “Una vertiente que ha querido venderse como el lado moderno, el lado más rockstar (porque basta ver un concierto de sus embajadores para entender la magnitud del asunto), el lado que suena en la radio, que llena conciertos y que por supuesto, gana billete”. En 2019, retomamos con ellos la discusión durante una nueva entrevista, pero esta vez con una perspeciva más general del uso del término. 

Según contaba Viviano Torres, “El término urbano, en primera instancia, personalmente no lo acepté y nunca lo asumí porque no es una cosa de territorio. La champeta nació en Cartagena y Cartagena es una ciudad urbana. Entonces, por ende, decirle urbano qué sentido tiene. Para mí, malinterpretaron lo que empezaron a decir los raperos. ‘Nosotros hacemos música urbana, pero se llama rap’. No se llama urbana. Hasta los mismos periodistas tienen mucha culpa en hacer que el término se convirtiera como si fuera género, no el concepto territorial, porque difundieron la música urbana, pero ¿la música urbana cuál es? ¡Toda! Incluyendo la folclórica". A lo que agregaba Louis Towers: "Al relacionarnos a nosotros con la música urbana, como se maneja ahora, nos están poniendo la estela de artistas como Maluma o Balvin, que son, en estos momentos, los mayores de la música urbana en Colombia. Esto nos coloca en gran desventaja porque al hacer que nuestro letrero entre a ese mismo circuito nosotros no tendremos la oportunidad de figurar ampliamente, porque artistas como Maluma o Balvin tienen mucho dinero, mucha infraestructura económica, la cual no nos permitiría proyectarnos por encima de ellos nunca”.

Las palabras de Los Reyes de la Champeta apuntan al conflicto central de la inclusión dentro de categorías importadas irreflexivamente del mercado estadounidense, pues, si bien pareciera que todos hacen parte de un mismo grupo, lo que hay detrás es una notable desigualdad en recursos e infraestructura para hacer visible un proyecto. Pero ya volveremos al caso local. 

En 2019 salió a la luz el libro Trap: filosofía millenial para la crisis, del español Ernesto Castro (Vean también la entrevista con el autor: Lo que nos dice el trap de la crisis, el clasismo y los empleos precarios). En ese texto, hablando del caso del trap en España, el filósofo delineaba no solo cómo el término urbano se empezó a emplear no solo para designar a cualquier tipo de músicas que se parezcan al trap o al reggaetón pero que no querían cargar con el estigma de clase de esos términos, sino también cómo el origen del término ya era racista. Su objetivo primario no era otro que blanquear, en los años 70, a géneros negros como el blues, el soul o el R&B.

“La fórmula ‘urban contemporary’ fue acuñada a mediados de los setenta por Frankie Crocker para referirse a la música que él mezclaba en su cadena de radio, la WBLSFM, donde se podía escuchar desde jazz hasta disco, pasando por rhythm and blues […]. Sus jefes le llamaban ‘Hollywood’ por su capacidad de atraer la atención […]. Crocker sabía que agrupar el jazz, el disco y el R&B bajo la etiqueta de ‘lo urbano’ suponía blanquear tales géneros musicales. De hecho, en una de sus improvisaciones reconoció que él se encontraba ‘closer than white song rise, / closer than coal on ice, / closer than the colors on a dove’. En 1976, Crocker fue condenado por haber mentido ante un tribunal al negar que había recibido dinero de las discográficas a cambio de pinchar a ciertos artistas, principalmente blancos, bajo la etiqueta ‘urban contemporary’”.

El uso desbordado de la categoría “urbano” en la música, cuenta Castro, llegó hasta los límites del cinismo cómico y vergonzante cuando una emisora de radio británica dijo que Ed Sheeran, un blanco pelirrojo, inglés, que hace baladas pop, era la “figura más importante de la música urbana y negra”. 

La reflexión sobre el término parece revivir cada tanto que se demuestra su éxito comercial, pero la gran industria, por lo menos hasta ahora, no había querido escuchar. En 2020 ocurrió tal vez la más contundente manifestación pública de descontento contra esa etiqueta, cuando Tyler, the Creator ganó el premio Grammy por Mejor álbum de rap por Igor. En una entrevista póstuma a la ceremonia de premiación, ya con el gramófono en mano, el músico dijo que, a pesar de estar feliz por ganar, “Apesta que cada vez que tipos que lucen como yo hagan cualquier cosa que transgreda los géneros, siempre, sean puestos en las categorías de ‘rap’ o ‘urbano’. No me gusta la palabra urbano, es solo la forma políticamente correcta de decir la palabra con N. ¿Por qué no podemos estar simplemente en pop?”.

El discurso de Tyler, the Creator fue viralizado, escuchado y replicado en Internet, pero no fue revisado ni replanteado. Solo hasta que las protestas por la muerte de Geroge Floyd escalaron en el mundo se empezó a corregir y a revisar el llamado. La Academia decidió cambiar el nombre de la categoría “Urban Contemporary” de los premios Grammy por “Progressive R&B”. Y al llamado se han sumado algunos medios; entre ellos, los colegas y amigos de Remezcla (medio neoyorkino especializado en la comunidad latina) y Mor.bo (de Chile)

Ahora, volviendo al caso colombiano, como bien apuntaban Los Reyes de la champeta, vale la pena pensar en todas las desigualdades que esconde la categoría “urbano” en la música. Basta con hacer un barrido por los nombres más escuchados que caben dentro de ese saco para darse cuenta, por ejemplo, de la escasez de músicos negros; o de lo homogeneos que son los estilos de quienes ostentan esos lugares encumbrados dentro de la industria: nombres como el de Maluma, Yatra o J Balvin figuran en esa lista y se han constituido como el principal producto de exportación del país en esa categoría.

El asunto, desde luego, sobrepasa los nombres e involucra a todos los campos que tradicionalmente se han metido en el mismo saco de lo urbano. Recordemos, por ejemplo, que solo hasta 2019 apareció la primera nota en medios del primer grupo en grabar un disco de rap en Colombia. Eran un grupo de jóvenes negros de Buenaventura cuya historia no aparecía en ningún registro, Los generales R y R. (Vean también: El último general: la historia del primer disco de rap colombiano). 

En un ambiente como el colombiano, con capital social y acceso a recursos escasos, ronda también el clasismo. Si bien hoy el rap es venerado en el mundo; y el reggaetón es concebido como un producto de exportación "urbano"-latino, vale la pena recordar cómo durante muchos años, ante el desprestigio del uso del término reggaetón y su asociación a categorías clasistas como un estilo "ñero" o "barriobajero", muchas agrupaciones (predominantemente integradas por artistas blancos), atrapadas por lo pegajoso del ritmo pero renuentes a su contexto de origen, adoptaron una etiqueta que provoca una invisibilidad doble: la de "pop urbano". Un término que, por un lado, desconoce el uso del reaggetón, o el dem bow (cuyo origen es negro, jamaicano) como base rítmica; y, por el otro, hace uso de una categoría históricamente racista como la de “urbano”.

Si bien pudo pensarse como una jugada estratégica que le abrió camino a muchos dentro del mercado gringo de lo urbano, no deja de ser curioso cómo hasta el racismo y el dominio cultural del mercado anglo ha sido importado e implantado sin ningún tipo de resistencia por parte de las músicas latinas. Y, aunque el ejercicio de nominación no cambia de ninguna forma las estructuras desiguales, por lo menos en el caso de la música derrumbar ciertas categorías puede abrir campo a un nuevo espacio de lucha por visibilidad y reconocimiento que no esté basado en categorías de raza o género. Como en el caso de las estatuas, si en las calles siguen exaltandose símbolos construidos sobre el racismo, es porque hay que reescribir la historia. 

Algo tiene que estar muy mal en el mundo para que se siga poniendo por encima la capacidad de acumular riqueza por encima del maltrato que eso haya implicado. En la música, tal y como ocurre con en el caso de las estatuas derribadas en Inglaterra, si seguimos venerando el nombre de quienes han construido su fortuna sobre relaciones de explotación o sobre el sufrimiento del otro, resulta necesario cambiar el rumbo de la historia.