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Si no fueron al Festival Vallenato, sepan de qué se perdieron

Por algo Gabo decía que “Cien Años de Soledad” “no es más que un vallenato de 350 páginas”. 
Por
Raúl Riveros

Algunos con una detestable superioridad moral dirán que es una cosa de corronchos, que eso es pura música de transporte público, pero detrás del vallenato hay una gran cantidad de historias que se destapan cada año en el Festival de la Leyenda Vallenata. Si se lo perdieron, esto es lo que tienen que saber que no se pueden perder en el 2018.

Por: Raúl Riveros // Fotos: Jairo Kassiani

El vallenato es una de las expresiones musicales de Colombia más representativas tanto a nivel nacional como internacional. Su salida al extranjero y la evolución natural que tiene cualquier género debido a la globalización y a la influencia comercial ha hecho que se aleje de sus raíces, lo que hace necesario ir directamente hasta Valledupar para escuchar ese vallenato tradicional que tanto nos gusta.

Hace 50 años el expresidente Alfonso López, la Cacica, Consuelo Araujonoguera y el gran compositor Rafael Escalona fundaron el Festival de la Leyenda Vallenata con el fin de popularizar el ritmo y darle un espacio a los músicos para medir su talento, tanto en la interpretación de la caja, guacharaca y acordeón, como en la composición de nuevos temas y en la improvisación al versear.

Desde dicha fundación el Festival ha mantenido la tradición del Vallenato en sus concursos, prohibiendo que los participantes toquen más de los tres instrumentos principales en el de concurso de acordeonero, relegando la parte cantada a un segundo plano. Así defienden la tradición de la tendencia actual donde los grupos de vallenato tienen muchos más instrumentos y la parte central es el show del cantante, que rara vez toca alguno de ellos.

De cada Festival sale un rey acordeonero profesional, también uno aficionado, juvenil e infantil; se premia además al mejor compositor de una canción inédita y al ganador de la Piquería, que es un concurso de improvisación de versos entre dos  rivales sobre temas establecidos y también donde con picardía se burla uno del otro.  Evoca los duelos musicales entre los antiguos juglares, que dedicaban fragmentos de sus canciones a ridiculizar a un rival.  El más recordado es el de Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales, dos compadres que andaban por los pueblos retándose el uno al otro a través de versos en sus canciones, que alcanzó su mayor fama en La Gota Fría:

”Moralito Moralito se creía,
Que él a mí, 
que él a mí me iba a llevar,
Y cuando me oyó tocar,
Le cayó la gota fría”

Cada 10 años se hace el Rey de Reyes, donde participan los ganadores de las versiones anteriores. En este 2017 se celebró la versión 50 del Festival, que significó el cuarto Rey de Reyes, ya que en el primer decenio no se hizo. El interés y la afluencia de turistas fue aún mayor que para un festival corriente: en esta ocasión no iba a haber presa mala en ningún concurso.

El inicio oficial de cada Festival lo marca el desfile de Piloneras donde más de 70 comparsas se presentan en las principales calles de la ciudad, con el atuendo de las señoras que cantaban versos mientras pilaban el maíz, bailando al ritmo de El Pilón, que inicia con una letra que describe una de las facetas más características del Festival:

"¿A quién se le canta aquí?
¿A quién se le dan las gracias?
¿A los que vienen de afuera,
o a los dueños de la casa?"

El Festival de la Leyenda Vallenata es una reunión de gente de muchos lugares de la Costa Atlántica y del país en general. La ciudad es el epicentro al cual llegan personas de los diferentes pueblos cercanos donde el vallenato ha sido muy importante en el desarrollo de su historia. Pueblos que muchos no conocemos físicamente, pero que a través de canciones los sentimos familiares: Patillal, Urumita, Fonseca, La Junta, San Juan y muchos otros.

Con el inicio de las eliminatorias de los diferentes concursos comienza el interés y la emoción en las diferentes plazas y escenarios donde se llevan a cabo. Cada conjunto debe tocar un tema en cada uno de los aires vallenatos establecidos por la junta del Festival. A los que no conocemos tanto de este género se nos dificulta identificarlos al oír canciones grabadas, pero con estas presentaciones en vivo lo logramos fácilmente.

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El son es el más lento, que lleva un ritmo nostálgico, un dejo que obliga al acordeón a tocar notas prolongadas y que se sienten tristes y melancólicas, aunque esa sensación choca con la felicidad de poder escuchar en vivo esa interpretación tan magistral de cada grupo de artistas. El paseo también es un aire lento, pero no es triste, y es el que tiene el mayor repertorio de canciones y las más famosas, aunque se considera el más joven. El merengue tiene un ritmo más rápido, bailable (aunque la parranda Vallenata no se baile) y cuenta con lírica durante la mayor parte de la canción, que fue lo que lo distanció de la puya, que tiene muy poca letra y es donde mayor desgaste físico tienen los músicos debido a su característica de explosividad y velocidad.

Los otros tres ritmos deben durar cuatro minutos, mientras que la puya cinco. Este minuto extra corresponde a un solo de cada instrumento: el cajero tiene su tiempo de exclusividad para darle a ese cuero a una velocidad y con un ritmo que en ocasiones han llegado a romperlo. Luego el guacharaquero toma el turno de lucirse y raspa con el trinche esa madera hasta sacarle chispas y, finalmente, el acordeonero tiene la oportunidad para arrugar y desarrugar su instrumento y sacarle todas las notas posibles, para terminar ese minuto demencial que, cuando se ejecuta bien, concluye con la algarabía del público.

Los jurados van entregando sus puntajes mientras los demás concursos se siguen desarrollando y uno deambula entre la Plaza Alfonso López y la Feria Ganadera, escenarios principales.  El Festival Vallenato, a diferencia de otras fiestas como el Carnaval de Barranquilla, no tiene casi baile, sino que el público permanece sentado, apreciando la música y departiendo con conocidos y extraños. Hay muchas personas talentosas que llegan a participar o simplemente a disfrutar, se encuentran con viejos amigos y se van haciendo nuevas amistades cuando tropiezan con turistas curiosos y les comparten sus experiencias y conocimiento. Son tantos los músicos que han venido a participar en alguna versión del Festival, que es común toparse con un cajero o guacharaquero famoso y hablar sobre historias muy entretenidas de cantantes y otros personajes.

Uno se queda sentado debajo de un palo de mango y tiene la oportunidad de participar en estas tertulias, que no son más que manifestaciones del surgimiento mismo del Vallenato, que tuvo su foco en las narraciones de noticias que llevaban de pueblo en pueblo los primeros intérpretes del género a finales del siglo XIX. Se ha mantenido esta tendencia de contar crónicas y anécdotas sobre la cotidianidad, por lo que durante el Festival las personas se sienten como personajes de historias o cuentos y  se comportan como tales.  Aquí todos tienen algo para decir y lo hacen de una manera profunda y descriptiva, informando detalladamente a los atentos oyentes que gozamos así nos hablen de seres desconocidos, que inclusive parecen ficticios y a los que suelen referirse por sobrenombres, dándole un mayor toque de fantasía a su narración. Es emocionante escuchar estas historias que seguramente de haber tenido como testigo a un compositor se habrían convertido en canciones con las que gozaríamos en cualquier parranda. Por algo Gabo decía que Cien años de soledad “no es más que un vallenato de 350 páginas.” 

Cuando uno decide abandonar la silla para ver de cerca a los músicos en tarima se da cuenta lo difícil que es debido a la cantidad de público, teniendo que esquivar mesas, carpas, sillas, incomodar a otros y contorsionarse para concluir un maratónico recorrido de menos de 40 metros y así poder apreciar de manera directa a los artistas en la plaza, bajo un sol asfixiante que no permite aguantar mucho tiempo.  Hay entonces otro lugar que se puede visitar, un espacio maravilloso en las afueras de la ciudad que aunque no tenga concursos es necesario conocerlo: el Río Guatapurí. La hermosura natural del paisaje se complementa con el fabuloso marco lleno de personas bañándose y disfrutando relajados dentro de este caos musical, compuesto por muchos conjuntos vallenatos que le tocan a una mesa a cinco metros de la del otro, también de picós a todo volumen y de bandas de fandango que se han quedado desde su presentación con las Piloneras y aprovechan para rebuscarse.  La cerveza y el Old Parr fluyen igual de rápido que las aguas del Guatapurí mientras todos hablan, cantan, bailan y algunos duermen la borrachera, que ya debe llevar varios días.

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El vallenato no es exclusivo de Valledupar; por motivos geográficos y coyunturales la capital del Cesar ha sido su epicentro, pero su historia se ha desarrollado en una región mucho mayor, que incluye parte de la Guajira, Magdalena y Bolívar. Hay otros festivales donde se exalta al acordeón: en Fonseca, Villanueva, Patillal, Arjona y en los lados de Sucre, donde en vez de aire de puya tocan cumbia y se considera que se toca una vertiente llamada vallenato sabanero. Se recuerdan algunas diferencias entre la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata y los exponentes de este tipo de vallenato, ya que “La Cacica” no lo incluyó dentro de los ritmos que iban a tener en cuenta. El reclamo quedó plasmado en La Hamaca Grande del san jacintero Adolfo Pacheco, canción que él quería que llegara al Festival aunque La Cacica no la considerara apta, “pa´ que el pueblo vallenato, meciéndose en ella cante”.

 

 

Lo que ha tenido en común el vallenato es que la mayoría de sus exponentes ha sido de extracción humilde. Los más antiguos de hecho nunca pudieron vivir de la música, así que componían, tocaban y cantaban mientras cultivaban la tierra y pastoreaban el ganado.  Esta característica y el machismo que desafortunadamente impera en la costa han hecho que la gran mayoría de personajes vallenatos conocidos sean hombres, en muchos casos grandes bebedores de trago, generalmente mujeriegos y andariegos, que de manera poética vuelven sus penas canciones y le llegan al alma a todo el pueblo que también sufre de amor, problemas familiares, de plata, de amigos que se fueron y de otra infinidad de situaciones, y encuentran en estas canciones el alivio de compartir su desgracia y el escape por unos minutos mientras las cantan y las sienten.

Las mujeres han cumplido un papel de musas, inspirando a los compositores para que les hagan versos y así se ganen su corazón.  En la ciudad nos parece ver a Fidelina, Alicia Dorada o Matilde Lina reencarnada en una de las tantas hermosas mujeres que asisten a los diferentes eventos.  Claro que si uno va al barrio 12 de Octubre podría encontrar en carne y hueso a Juanita Fula, mejor conocida en todo el país y hasta internacionalmente como “La Celosa”, a quien el maestro Sergio Moya Molina le dedicó ese famoso paseo en los años 70, donde declara descaradamente su infidelidad y su vida perniciosa.  Ahora viven tranquilamente en este humilde barrio y Juanita atiende a los múltiples visitantes que llegan a su casa, ya que el maestro cumple años durante el Festival.

 

 

Se acerca el final del Festival y en la ciudad se habla de las cuestiones políticas que rodean la elección del Rey de Reyes: que Carlos Vives llegó desde hace cuatro días para hacerle lobby a uno de sus acordeoneros, Cristian Camilo Peña; que la fama de Omar Geles y Saul Lallemand va a marcar diferencia; que hay presión para que elijan a un miembro de la dinastía López; que van a premiar a alguno de los reyes veteranos que probablemente no pueda estar para la versión del Rey de Reyes del 2027...  El Parque Consuelo Araujonoguera es el espectacular escenario donde se llevará a cabo la velada, que en los primeros años se hacía en la mítica plaza Alfonso López.  Allí donde hace 50 años Alejo Durán, uno de los que sobresalió como enorme compositor y acordeonero, tocó la puya de su autoría Mi pedazo de acordeón y se coronó como el primer Rey Vallenato, y donde veinte años más tarde, en el primer Rey de Reyes, él mismo tuvo un gesto de inmensa humildad cuando, al cometer un error en su presentación, la detuvo, se acercó al micrófono y dijo: “pueblo, me he acabado de descalificar yo mismo”.  La gente quería que le dieran una segunda oportunidad ya que era el favorito de todos, pero Alejo no la iba a aceptar.

 

 

Primero se premia la Canción Inédita, donde participaron los compositores que habían ganado en las versiones anteriores presentando temas que nunca habían sido grabados. Algunos de ellos alcanzaron gran fama, como No voy a Patillal de Armando Zabaleta en 1973, que describe su intención de no regresar a dicho pueblo ya que habían matado a Freddy Molina, compositor amigo suyo con quien departía allí. Ausencia sentimental, ganadora en el 86, es donde Rafael Manjarrez explica su tristeza por quedarse en Bogotá durante el Festival debido a que se fue a estudiar y no contaba con dinero para el viaje. Este tema se convirtió en el himno del Festival y se escucha en cada esquina de la ciudad durante esta época. El premio Rey de Reyes de la canción inédita la ganó este año Ivo Díaz, con lo que honra al gran Leandro, su padre, el invidente considerado como uno de los grandes juglares, fallecido hace casi cuatro años.  

 

También anunciaron como acordeonero ganador a Alvaro López, rey en 1992 y que tocó con Diomedes Díaz.  Hugo Carlos Granados le entregó la corona mientras el parque se iluminaba con los juegos pirotécnicos que anunciaban al nuevo Rey de Reyes.  En seguida se dio inicio a la presentación de Carlos Vives, músico que ha llevado el vallenato de Escalona y otros grandes compositores por el mundo, aunque sus discos propios se alejen bastante del género.  Homenajeó a Martín Elías con una sentida carta que hizo llorar a casi todo el público y continuó con su gran show que le dio un final de altura al Festival.

Nos marchamos de Valledupar escuchando en cada esquina historias, canciones y anécdotas que nos hace llenar el alma de nostalgia mientras nos alejamos de estas acontecidas calles y nos queda la idea que la vida propia “no es más” que un vallenato de treinta y un años y pico, con todo tipo de vericuetos salidos de la cabeza de algún gran juglar. Ojalá una puya que sea mucho más larga, con más dichas que penas, más amores que depresiones, más encantos que desilusiones y más sabor que amargura, pero eso sí, con todos los sucesos propios de estas tierras llenas de vida y de inspiración, que esperamos seguir visitando para conocer más de vallenato y comprender mejor su esencia y su interminable magia.