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Cali: De ¡Que viva la música! al Cacerolazo sinfónico

En Cali, la ciudad que renombró sus barrios y sus calles en nombre del derecho a la protesta, algo nunca cambia: la música. ¿Qué puede hacer la ciudad que más muertos ha puesto durante el paro, además de cantarles los alabaos?

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Cali, Colombia. Mayo 19 de 2021. Protestas en estación del MIO durante el Paro Nacional.
// Foto: Gabriel Aponte/Getty Images

Mucho ha cambiado en Cali desde 1977, cuando Andrés Caicedo escribió ¡Que viva la música!: Ya no se llama “Puerto Rellena”, se llama Puerto Resistencia. Ya no se llama “La Loma de la Cruz”, se llama La loma de la Dignidad. Ya no es “Univalle”, es Unirresistencia. Pero hay algo nunca cambia: Cali sigue siendo música.

Por Carolina Benitez Mendoza

En medio del Paro Nacional, que empezó en abril de 2021, además de consultar los puntos de concentración en línea, los caleños consultan a diario la agenda del Paro Cultural, eventos artísticos que ocurren en toda la ciudad, desde agüelulos hasta talleres de pintura.

La música se ha tomado las calles con naturalidad. El sur es de la ciudad es conocido, tradicionalmente, como una zona universitaria. Las últimas estaciones del MIO, en ese sur dividido entre barrios estrato 5 y residencias baratas para estudiantes, siempre fueron lugar de encuentro para los jóvenes de la universidad pública, que se bajaban en la estación Univalle, en la estación Buitrera o en la del barrio de los apartaestudios, el hogar de muchos univallunos, Meléndez.

Esa estación, siempre concurrida con estudiantes apurados, era la estación de alistarse, porque cuando la anunciadora decía “Próxima Parada, Meléndez”, sabían que estaban cerca de casa. No era la más grande, pero siempre estaba limpia y ordenada. La estación es ahora un recuerdo, pues no tiene techo, ni vidrios, ni gran parte de sus paredes; sin embargo, los muchachos que están en lo que queda de la estación Meléndez son los mismos de siempre.

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Al pasar hoy por Meléndez, más allá de los palos y latas que mantienen el bloqueo a la calle quinta, la que alguna vez fue la estación del MIO es ahora un escenario, literalmente. Se presentan bandas a diario, con jóvenes de toda la ciudad concentrándose alrededor, como en cualquier tarima en la que retumba el ritmo de la batería.

Eso pasa mientras se asoman escandalizadas por el ruido las familias de las unidades residenciales del sector Multicentro, un barrio estrato 5 ubicado justo en frente. La estación de Meléndez es una especie de frontera social, y el ruido del punk caleño un inmigrante ilegal.

Desde el batallón Pichincha, que queda a un par de cuadras, se escuchan guitarras eléctricas. Uno podría jurar que está en una película, porque a varios de las decenas de soldados que están desplegados por la calle se les puede ver siguiendo el ritmo del bombo, con los dedos encima de sus fusiles.

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Aunque ha pasado más de un mes desde que inició la protesta no hay un día sin muertes, sin miedo o sin heridos. No hay día sin música tampoco.

El Cacerolazo sinfónico, un espacio en el que músicos clásicos de toda la ciudad se unen al menos una vez a la semana en alguno de los puntos de concentración a tocar desde Tchaikovsky hasta el Himno Nacional, sigue su programación.

La Luna, en el centro de la ciudad, también sigue protestando, tocando rock debajo del puente. No hace mucho allí ardía en llamas uno de los hoteles más icónicos de Cali. La guitarra eléctrica sigue sonando aunque el gas haga llorar los ojos.

Cali Resiste
Mayo 28 de 2021, miembros de la primera línea en la entrada del barrio Siloé
// Foto Gabriel Aponte / Staff / Getty Images

Muchos dicen que el país está incendiándose y los caleños andan felices de rumba, pero como bien lo dijo Frederick Douglas “Los esclavos que cantan son los más tristes. Las canciones del esclavo representan las penas de su corazón, y le alivian, del mismo modo que sólo se alivia un corazón roto llorando. He cantado para ahogar mi pena, pero en muy contadas ocasiones mi alegría. El cantar de un hombre naufrago en una isla desolada podría ser inapropiadamente considerado como felicidad, como el canto del esclavo; las canciones del uno y del otro vienen de la misma emoción”.

¿Quién en serio interpretaría la música de una ciudad con 558.000 personas en la pobreza como celebración, en lugar de clamor? ¿Qué puede hacer la ciudad que más muertos ha puesto durante el paro, además de cantarles los alabaos?

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