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El club de los mil millones: ¿Qué nos dicen los videos más vistos de YouTube sobre la música?

A pesar de la anunciada bonanza del reggaetón gracias a YouTube, la falta de melanina en estos videos es notoria. Un análisis de cómo el pop contemporáneo, incluso cuando incluyó a "lo latino", sigue siendo el pop blanco consumido en el norte global.

Despacito - Daddy Yankee y Luis Fonsi.jpg
Video Despacito - Daddy Yankee y Luis Fonsi
Foto: Vevo

Desde que en 2012 un surcoreano cruzó por primera vez el club de los mil millones muchos se han unido al grupo. Los artistas de pop anglo y, luego, el reggaetón latino se treparon también en los escalafones de los videos más vistos de YouTube , la plataforma musical más popular del mundo. ¿Ha cambiado el pop contemporáneo? ¿Tiene sentido hablar de inclusión?

Por Santiago Cembrano @scembrano

En diciembre de 2012 Gangnam Style se convirtió en el primer video en alcanzar mil millones de vistas en YouTube. El hit del coreano PSY se abrió paso con su coreografía y alegría infecciosas, y de repente era una canción omnipresente. Luego llegó a ese hito Baby, de Justin Bieber , en junio de 2015: una confirmación del estrellato al que fue catapultado el canadiense cuando era un niño, a partir de ese tema inocente y tiernamente coqueto. Cuatro meses después, este club exclusivo ya era compuesto por diez videos. Y para febrero de 2018, ni siquiera tres años después, ya había cien videos que habían alcanzado los mil millones.

Mil millones. Eso es mucha gente. Tanta gente que no tiene sentido hacer la comparación con estadios de fútbol, pero digamos que es veinte veces la población de Colombia. Aunque hoy hay muchos videos con muchas vistas en YouTube, los mil millones son una línea interesante para trazar un límite y analizar qué nos dicen los videos más masivos de la época en la que vivimos y la cultura que creamos y de la que participamos.

A partir de Bad Romance de Lady Gaga en 2009, los videos más vistos de YouTube son, en general, de música. Cada vez el gusto individual prima más a la hora de elegir qué se escucha, precisamente con plataformas como YouTube a la mano para no tener que depender de la radio. Entonces, se hacen más importantes esas canciones que, en este época, logran tener un impacto masivo. No es que te guste o te haya marcado, pero si una canción tuvo más de mil millones de reproducciones seguramente la escuchaste hasta cansarte cada vez que montabas en taxi o ibas a una fiesta.

Por eso, una mirada a los videos más vistos de este club de los mil millones es una mirada a momentos colectivos, que cada vez son menos. Permite reflexionar sobre qué es el pop —en un sentido más cultural que estético—, y cómo va mutando. Entonces sumerjámonos en esta lista a ver por dónde nos lleva el camino, y qué conclusiones podemos dibujar, así sea con lápiz.

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En la primera mitad de la década pasada, el pop blanco y azucarado dominó este ranking. Justin Bieber y Baby, Adele y Rolling in the Deep y Someone Like You, Katy Perry y Roar, OneRepublic y Counting Stars, Avicii y Wake Up, Magic! y Rude, Ed Sheeran y Thinking Loud, Taylor Swift y Shake It Off. En fin, ya saben cómo suena. Esta es música para ir a brunches y tomar mimosas, para esperar el pedido en Starbucks.

La falta de melanina en estos videos es notoria. Es música blanca del norte global. Incluso cuando hay rap, por ejemplo, es hecho por hombres blancos: Love The Way You Lie de Eminem y Thrift Shop de Macklemore y Ryan Lewis.

Hay excepciones a estas caras blancas como Bruno Mars con Just The Way Your Are y The Lazy Song, Shakira con Waka Waka, Rihanna con Diamonds y Enrique Iglesias con Bailando. Pero son eso, excepciones: no revierten la tendencia. Y una rareza como Gangnam Style, excéntrica y con una brújula que apuntaba hacia otro norte, era eso: una rareza.

El giro hacia “lo latino”

Una hegemonía del pop más blanco como esta tarda décadas en erosionarse, no cambia de un año para el otro. Y aún así, la lista de los videos más vistos de la segunda mitad de la década pasada cuenta, aparentemente, una historia distinta. Todavía había muchos hombres blancos: Charlie Puth (We Don’t Talk Anymore) se unió a gigantes de la industria del entretenimiento como Ed Sheeran (Perfect), Justin Bieber (Sorry) y Maroon 5 (Sugar). Pero las placas tectónicas se movieron a partir del hit masivo que fue Despacito en 2017.

La canción de Luis Fonsi con Daddy Yankee encapsula la idea hollywoodense de lo latino: pasión, sabor, sudor; en fin, el estereotipo. Pero se hizo en español y con un estilo que no dependía necesariamente de la aprobación de Estados Unidos para funcionar masivamente en América Latina.

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Y así lo hizo y también en Estados Unidos y en todo el maldito mundo: es la canción de la que más me ha costado escapar en toda mi vida, creo. La escuché hasta en una playa en Filipinas. El punto es que no era solo un hit latino, sino era el hit. Punto. Y abrió las compuertas de la represa, corrió el agua.

Llegaron luego Mi Gente, de J Balvin ; Con Calma, de Daddy Yankee; Con Altura, de Rosalía; China, de Anuel AA; y No Me Conoce (Remix) de Jhay Cortez, todas encabezando la lista de los mil millones de final de la década pasada. Era la anunciada bonanza del reggaetón, la ola que elevó a los latinos a dominar el mundo, la explosión global de un fenómeno que ya había convertido a la región y monopolizaba la radio y la fiesta.

Después de esas caras blancas del norte, era el turno del sur. En ola participó hasta Rosalía, que sin ser latina sí se benefició de este boom con canciones que se integraron a la tendencia. Las voces latinas cantaron desde una gran plataforma y fueron escuchadas masivamente en todo el globo; ya no únicamente como música latina, desde la periferia, sino como el nuevo pop contemporáneo.

El reggaetón sacudió el balance de poder global y atrajo miradas y oídos hacia América Latina. Y al escuchar las canciones destaca como clave este hecho: logró llegar a la cima de los rankings y los números en español, sin necesidad de traducir las canciones a inglés. Incluso cuando hubo remixes bilingües, como el de Despacito con Justin Bieber, no es claro a quién le convenía más la colaboración, si al canadiense o a los puertorriqueños. Es decir, América Latina ganó poder de negociación y podía hablar de tú a tú, mirando a los ojos.

Del pop blanco al blanqueamiento de lo latino

Esto es lo que se ve a primera vista en esta lista de los mil millones. Pero una segunda mirada ilumina las grietas de esta narrativa. ¿Qué tanto se desestabilizó la hegemonía del pop blanco? Un poco, pero no tanto. Primero, porque, así como a inicios de la década eran caras blancas las que comandaban los videos más vistos, el boom de lo latino también llegó luego de un proceso de blanqueamiento.

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Los rostros de cantantes como Luis Fonsi, Daddy Yankee o J Balvin son, comparativamente, de piel clara. Y aunque las dinámicas de raza y etnicidad en América Latina se complejizan por la transversalidad del mestizaje, es innegable que una figura como Maluma —otro jinete que cabalgó hacia el éxito global durante este boom— es más amable frente al establecimiento que la negritud como la de Tego Calderón. Y esto no es culpa de ellos, pero sí es una de tantas dinámicas para tener en cuenta antes de celebrar desaforadamente.

A propósito, vean también: Lido Pimienta: "Le estamos robando la música a los afrodescendientes"

Siguiendo por ese camino, uno que se aleja del sendero iluminado oficial, ¿Cuál fue el reggaetón que llegó a la cima de los rankings? Uno que, conscientemente y a propósito, se adaptó a los cánones del norte global. Está registrada la historia: desde Medellín se suavizó la agresividad del reggaetón de inicios de los 2000, con toda su sexualidad explícita y fuerza transgresora, para acercarlo al pop contemporáneo y hacerlo más vendible.

De ese árbol salieron los frutos que todo el mundo se comió, productos de exportación cuidadosamente diseñados para gustar afuera, planeados para ese gusto foráneo. Y bacano que el reggaetón haya triunfado como lo ha hecho, pero de ahí a que sea una revolución que empodera nuestra latinidad hay tanta distancia como entre El Abayarde y Colores.

Me tocó hoy jugar de aguafiestas frente a la celebración, pero yo solo estoy analizando esta lista de los mil millones. Sí invito a dudar de este multiculturalismo global de cara a esta nueva década. No sirve de nada que lo “latino” —consigna desgastada como un chicle bajo la mesa— sea incluido en los circuitos culturales del pop si los que hacen parte de esa inclusión son los que se adaptan, cuya diferencia finge variedad pero no desestabiliza.

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Despacito, Mi Gente y No Me Conoce (Remix) fueron publicadas por Universal Latin; Con Altura, por Sony. Entonces, ¿qué se celebra? Si es el la perpetuidad del statu quo pero con nombres que podemos pronunciar más fácilmente y en nuestro idioma, pues vale, estamos claros en que es un asunto cosmético que no afecta la estructura. Apenas cambia de color la punta del iceberg, que quizás ya tiene más palmeras. Pero entonces no finjamos que es más que eso, que es una gran revolución, si esa dinámica está orquestada por el mismo régimen de poder de antes.

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